martes, 7 de mayo de 2019

¿Rebelión o conquista? (Anexo)


Olvidé los motivos para escribir esto.
(¿Qué es, qué hace?, se preguntó Quien jamás pierde el estilo en un curso donde me ocultaba abriendo y cerrando el local sindical escogido por mí tras alentar al ponente.)
Va de anexo pues como está no cabe. Buscaba otra cosa y lo topé.
(Que alguien corrija, ¿no?) 

“Le parte el yelmo, le parte el cabezal y le
raja la faz entre los ojos y todo el cuerpo hasta las bragas. A través de la silla, incrustada en oro, la espada alcanza al caballo. Le parte el espinazo sin buscar la juntura, y lo derriba ya muerto en el prado, sobre la hierba espesa. (...) Tiene ensangrentados la cota, sus dos brazos y su buen corcel... (Y todavía a otro) le hace saltar del cráneo los dos ojos, y se esparcen los sesos hasta los pies.1

Quería impresionarlos, no decir una sola palabra mía y que hablaran los tiempos, como en el párrafo anterior. Así saldrían de aquí teniendo una idea de cuán distinto, grandioso, brutal, mágico, es el pasado, y no pudieran nunca más referirse a la historia simplonamente, como lo que solo quedó atrás. No tuve tiempo. Les pido que mientras escuchen no olviden esas imágenes de brazos desprendidos, ojos en los cuales se clava para siempre una espada, y cráneos y vientres reventándose, gritos de furia y dolor, dolor terrible, entre aromas agrios, a sangre, que se saborea... la sangre... olfateada por moscas con desesperación, esperando el momento de emborracharse con ella (...) Las moscas y “las aves carniceras, que encendidos sus bríos, excitadas (...) volaban a ras de los hombres y de las bestias, mientras los coyotes y los chacales saltaban sobre las zanjas y los hoyancos y con sus propios colmillos se herían la carne de los labios”(...) resollando, bufando, ansiosos, por el espectáculo y, siempre, el olor a sangre, que llenaba el aire.

¿Rebelión o conquista? Esto se preguntan algunos historiadores cuando revisan el momento en que Hernán Cortés controla el corazón mesoamericano.


Nosotros, aquí reunidos, ¿combinación de indígenas y españoles, en la piel, el idioma, los hábitos?. Nosotros, fracturados, internamente, pues provenimos de indígenas a quienes se desprecia calificándolos de bárbaros sin Dios, y de españoles "atrasados y brutales". Somos más bien México Profundo, algo muy distinto.

¿Rebelión o conquista, pues?

(USANDO MAPA)

Como ustedes saben, esta es, más o menos, la región que en 1519, a la llegada de Cortés, ocupan las culturas mesoamericanas. Culturas que forman uno de los seis grandes centros civilizatorios. Son muy avanzadas en muchos sentidos, con grandes ciudades, algunas de las cuales compiten ventajosamente con las europeas.  Cuando menos hay allí veinticinco millones de seres humanos, conforme a investigadores estadounidenses.

Esta otra región es de los pueblos nómadas o seminómadas, que se dedican esencialmente a la caza y recolección. Aquí, hasta lo que es hoy Zacatecas, debe haber, cuando mucho, 200 mil personas.

En su mejor momento los castellanos del conquistador apenas superan los mil hombres. Y les basta poco más de un año para tomar Tenochtitlan, el corazón, y en diez se someten a casi toda Mesoamérica.

En cambio, a los ejércitos españoles de poco después, generosamente engrosados con indígenas cultos, les llevará medio siglo dominar los territorios nómadas. ¿Cómo es posible contraste?

La primera expedición española que topo estas tierras fue la de Hernández de Córdoba. Con él iba Bernal Díaz del Castillo, quien más tarde, en uno de los mejores y el más entretenido testimonio contemporáneo, recordó este momento: “Ya el día claro vimos venir por la costa muchos más indios guerreros, con sus banderas tendidas, y penachos y atambores y luego hicieron sus escuadrones y nos cercaron por todas partes, y nos daban tales rociadas de flechas y varas, y piedras tiradas con hondas, que hirieron sobre ochenta de nuestros soldados... Y viendo nuestro capitán que no bastaba nuestro buen pelear...” los regresó a los barcos para huir. Y así, batalla tras batalla, casi todas perdidas, cada vez que se acercan a la playa, van Hernández de Córdoba y su gente, costa del Golfo arriba, sin penetrar nunca tierra adentro.

Al año siguiente una segunda expedición, con iguales resultados: “Pues que llegados que llegamos a tierra nos comenzaron a flechar, y con las lanzas a dar a manteniente (...) y tales rociadas de flechas nos dieron, que antes de que tocásemos tierra hirieron a la mitad de nuestros soldados”.

Sí, los mal llamados indios nunca vieron a hombres como esos, ni un caballos y armas de acero y fuego. Y no dudan en hacerles la guerra, y vencerlos.

¿Por qué entonces es tan diferente la historia de Hernán Cortés, a quien le bastan unos meses para llegar al mismísimo centro mesoaméricano, sin perder sino a un par de hombres?  ¡Gracias a su inteligencia y valor? ¿Puede explicarse así la gigantesca diferencia entre esas expediciones?

Aunque para ser exactos, no todo fue quebranto en ellas. Así se enteraron los españoles que más allá de las playas había ciudades, enormes riquezas, un Gran Señor. La última no halló sino fue hallada por los representantes de Moctezuma. Van los barcos, dice Bernal, dando tumbos por San Juan de Ulúa, cuando ven un increíble espectáculo: “estaban en posta y vela muchos indios en aquel río, con unas varas muy largas y en cada vara una bandera de manta de algodón, blanca, enarbolándolas y llamándonos... que fuésemos adonde estaban... y nos admiramos...”

Los pequeños pueblos costeños del sureste intuyeron sus intenciones ipso facto, y les hicieron la guerra, derrotándolos. En cambio, los representantes del “imperio” -concepto no indígena, por cierto-, que considerando al número de hombres bajo su control es tan grande como el antiguo imperio romano; él, pues, que casi todo lo puede en estas tierras, no sólo no ataca, sino invita.

Tomemos a los Augurios que según fray Bernardino de Sahagún advirtieron la llegada de los conquistadores. Fueron siete señales,  dice en su monumental trabajo. Hace poco un historiador francés parece haber demostrado que no hubo tales anuncios2; que no están sino en el libro de Sahagún, porque tenían que estar. Porque era el tipo de señales con los cuales en distintos momentos la Biblia anunciaba el aperoxiamiento de la palabra divina.

El sentido común parece darle la razón al historiador. Piensen, por ejemplo, en el augurio del cometa. Aparece y los naturales, aterrorizados, ven en él la señal. ¿Cómo, si forman parte de una civilización que conoce el cielo quizá más que cualquiera otra y registraron montones de esos astros con caudas? ¿Por qué ése tenía que ser distinto, meterles miedo y advertirles?

Como sea, el imperio azteca o mexica es quien busca a los españoles y no al revés. ¿Por qué? La forma en que los recibe nos indica ya algo: los enviados de Moctezuma, vestidos señorialmente, sentados sobre finísimas esteras, trajeron comida para un banquete y “braseros” con copal para limpiar a los extraños, en cortés señal. La contestación que el representante de Moctezuma da a Grijalba es una indicación más clara: “Acabas de llegar y ya quieres hablar con nuestro señor”, exclama entre admirado y molesto, como diciéndole: ¿Tú, gusano, pretendes ver al más grande mortal?; ¿te has vuelto loco?

El propio Bernal interpreta a presencia de embajadores de Moctezuma en costas veracruzanas, por los informes que el señor mexicas recibió hace meses sobre extraños surcando el mar. También así explica el interés del “emperador” por conocer con detalle los rarísimos acontecimientos.

No puede hacer menos, pensemos. De ese modo habría procedido un califa musulmán o un emperador chino o europeo. Él, el de la dignidad más alta sobre este planeta.

Porque América es eso entonces: un planeta, y los mexicas un continente que sólo sabe de sus cercanos: el nómada de las planicies norteñas o perteneciente a naciones agrícolas del oriente norteamericano, o el que dominan los sureños incas.

Planeta que europeos occidentales, o chinos, hindúes o musulmanes, ni siquiera imaginaban hace pocos años antes. Continentes, estos aparecidos por accidente a los ojos de un Colón que quería convencerse de algo absurdo según sabían academias bizantinas, islámicas, etcétera: la tierra era una tercera parte menor a lo calculado. Perdonemos al almirante, procurando los casi míticos países sugeridos por Marco Polo, hasta enloquecer durante un buen tiempo, negándose a reconocer que falló.

Así dice un historiador: “el encuentro de América por los europeos es un acontecimiento que no tiene comparación, siquiera, con los viajes interplanetarios de nuestro tiempo”.

En las playas de Veracruz, cara a cara indios y españoles, es un encuentro entre marcianos y venusinos, digamos. 

El amo de este continente no podía menos que esforzarse en conocer las intenciones de esos auténticos ETs.

Así, sin percibirlo, les muestra las claves y abre sus puerta. Justo por lo contrario a la superstición pesimista de la cual se le acusa. No tenía motivos para temer, siquiera antes de reunirse con Cortés. Él y su civilización son demasiado fuertes para temer a un puñado de seres surgidos de la nada, humanos o personajes fantásticos creados con carne y hueso, y así mortales.

Y Moctezuma les abría la puerta, piensan los historiadores, porque les permitía descubrir que éste, que era un mundo en sí, con un fondo cultural común, estaba dividido, como todos los mundos. Como estaba y sigue dividida la propia Europa, que en nuestro siglo ha estallado en dos grandes, brutales guerras, y en la que recientemente muchos de los propios países son destruidos por las distintas naciones étnicas o religiosas que los habían formado.

Lo que vino inmeditamente después todos lo sabemos: como Tenochtitlan-Tlaltelolco fue asaltada por doscientos miles de guerreros tlaxcaltecas y perteneciente a otros pueblos, que así no se vendían a los extraños.

¿Cómo, a ellos, tan pocos, incluso si detrás hubiera otro mundo? Serían sus aliados o, si acaso, sus nuevos señores. ¿Y? ¿Se destruiría su mundo por eso? ¿Acabaría así, a lo fácil, una historia que tenía cuatro o cinco mil años?

Cuando el continente se dio cuenta, era tarde. Primero lo hiciero, por supuesto, los propios aztecas. Abandonando su ciudad destruida por batallas, epidemias naturales y animadas, y hambre, uno escribió el poema que todos hemos escuchado: “Luego, ¿fue verdad?”, se pregunta sin salir de su asombro, contestándose: “Y nos queda por herencia una red de agujeros (...) Y nos queda por herencia una red de agujeros.”

Enrique Florescano, historiador políticamente detestable, escribió un estupendo libro: Memoria Mexicana. Sigue la historia de cómo se desquició por completo el universo indígena. La memoria, el presente, el futuro, volaron por los aires. Diez años después estos lugares eran irreconocibles. Como la Zempoala que Bernal Díaz del Castillo asegura confundieron con una ciudad de plata, bien poblada y muy activida, cuyos registros una década más tarde encuentran casi sin plantas y unas cuantas, fantasmales familias que mal arrastran la vida.

Aunque también, claro, por el trabajo. Los apenas centenares de españoles de los primeros momentos y los pocos miles de después, vieron crecer en torno suyo, gracias a los conocimientos, a la habilidad manual, a la asombrosa organización del trabajo y a la inigualable agricultura indígena, en sólo cincuenta años, decenas de ciudades con magníficas casonas, centenares de sólidos templos, montones de centros mineros y manufactureros, carreteras y casi todo lo imaginable. Algo que según otro historiador estadounidense, en Europa habría tomado siglos levantar, a un ritmo que no tendrá igual en la historia hasta la Revolución Industrial, cuyo costo pudo pagar por entero, pues eran equivalentes.

A cien años de la conquista, ¿o rebelión de pueblos sometidos?, del 85 al 95% de la población mesoamericana, de acuerdo a quien haga las cuentas, habrá desaparecido.

Y con todo, seguirá siendo, hasta los tiempos de la Revolución de 1910, la parte mayoritaria, con mucho, de la población. También porque a partir del peor momento empezará a crecer de nuevo, con un vigor que Europa no conocerá sino hasta mucho después. Crecerá esta población indígena y, reinventando las ruinas de sus culturas, se formará nuevas explicaciones sobre el pasado, sobre el hombre y el mundo, y nuevas identidades. Como se esfuerza en explicar Enrique Florescano, en Memoria Mexicana. Todos los pueblos, dicen él y otros; todos los pueblos, a través de los que conocemos como Títulos Primordiales, que los pueblos indios escriben para demostrar el derecho a las tierras que ocupan o que recuerdan les han sido robadas, hacen una reinterpretación de su historia y de su lugar en la tierra. Y no sólo en los Títulos Primordiales, sino en auténticos trabajos de sistematización y reflexión sobre su historia. Como el Popol Vuh de los mayas, que todos reconocen como el libro indígena más importante de América, y que fue escrito, aparentemente, más de un siglo después de la conquista (¿o rebelión de pueblos sometidos?). O el Chilam Balam. Libros en los que directa o indirectamente los que llegaron, los extraños, aparecen, en imágenes extraordinarias, como los destructores del universo indígena, del universo indígena en su totalidad, que entonces renace:

“Después Hunahpú e Ixbalanqué –dice el Popol Vuh como final- fueron a la tierra de Pucbal Chah, donde estaban enterrados los Aphu. Allí recibieron el parecido de sus caras, de sus ojos y de sus sentimientos. Allí conocieron también el secreto de sus corazones. Entonces dijeron delante del viento, que se detuvo para oirlos:

“-Nosotros somos los vengadores de la muerte. Nuestra estirpe no se extinguirá mientras haya luz en el lucero de la mañana.”  

Eso, los indígenas, que sobre todo en el siglo pasado empezaron a mezclarse en gran número con el resto de la población. Y que de todas formas habían contribuido decisivamente a la construcción de esta sociedad toda, de este México todo.

Casi para terminar, quisiera recordar el libro de un antropólogo mexicano de nuestra época, que murió antes de tiempo. México Profundo, se llama, y lo escribió Guillermo Bonfil. En él libro, Bonfil intenta probar que desde la conquista (¿o rebelión de pueblos sometidos?), se crearon dos México que no están realmente separados, que nos involucran a todos. Dos México que son, sobre todo, dos formas de vivir y de entender al país y al mundo. Uno de ellos, dice Guillermo Bonfil, es el del título de su libro, el México Profundo. Un México que recoge a las culturas mesoamericanas y no sólo mesoamericanas, sino también yaquis o tarahumaras, por ejemplo, y se construye sobre ellas, adecuándose a los tiempos. Este México sería el que, según Guillermo Bonfil, sostiene al país, aunque se le desprecia, para imponerle al otro, al México que llama Imaginario, el que viene de la cultura occidental, negándonos la oportunidad de hacer uso de sus alternativas, ideas, caminos, las del México Profundo, que Bonfil está convencido son las únicas que nos salvan o pueden salvarnos realmente, sobre todo en momentos de crisis.

En todo caso, este antropólogo coincide con un gran número de filósofos, historiadores y escritores, en que la nuestra es una nacionalidad rota, fracturada, desde la raíz, y que vamos de un extremo al otro, de lo indígena a lo español, de lo español a lo indígena, sin encontrarnos.

Mi intención al pedirles recordar, cuando comenzamos una mezcla de sangrientas imágenes de la literatura europea e indígena, procuraba ponerlos en contacto con algo vivo, que huele y sabe.

miércoles, 27 de julio de 2016

Cuentas

¿Cuánto pesa cada gran sociedad?, se pregunta un historiador francés observando la conquista de América, y echa cuentas. Los seres humanos son el recurso más escaso, dice, y al guiarse por su cantidad encuentra que el Nuevo Mundo no debe considerarse en absoluto atrasado. 
Los cálculos resultan muy difíciles entre culturas que desaparecieron o mermaron extraordinariamente, como las americanas, y se prestan a toda clase de juegos significativos. 
Un personero cultural del régimen mexicano con desfachatez reduce a dos millones o menos la población de nuestras tierra entonces, e investigadores estadounidenses la estiman en veinticinco tan sólo para el área mesoamericana central. Así el primero deduciría que cien años después de la conquista apenas habría descendido, pues suma millón y cuarto, y los segundos dicen atestiguar un auténtico holocausto que certificarían quienes estudian el periodo con otros criterios. 
En Red de agujeros, nietos, nada me interesa tanto como la reconstrucción de las identidades indígenas iniciada recién El cielo se cayó a pedazos
¿Cómo sacamos partido para este cuaderno del trabajo que hizo el historiador? 
En Mesoamérica la antigua civilización perduró parcial, sustantivamente, sin importar cuánto tuvo que esconderse, como se puede apreciar en mil cosas, empezando por sus hombres y mujeres, sólidos reservorios de un dinamismo ancestral contenido sobre todo en las y los más llanos, terca voluntad que sobrevivió a consecutivas castas dirigentes, a la manera de cualquier otro pueblo. 
Las Antillas, por lo contrario, perdieron cuanto hubo en ellas y que tampoco era una bagatela. Un delicado equilibrio permitió a los tahinos o arahuacos, según los mal nombramos, sostenerse gracias a la batata, la cuidadosa selección de plantas silvestres y la piscicultura. Seis millones estiman para su isla mayor y cuatro para Cuba. 
Eso requería pequeñas cuotas de trabajo, que luego volverían mortales las faenas impuestas por los conquistadores, dice el historiador francés.
Todo lo pesa este gran tipo y a punta de mediciones deduce porqué fue la cristiandad latina quien conquistó los océanos. ¿No estaba en condiciones, digamos, el Islam?
Prometí paseos y no discursos, nietos, y mírenme. Va a cambio el inicio de una maravillosa, pequeña novela:
Yo, pobre goliardo, clérigo miserable errabundo por los bosques y los caminos para mendigar, en nombre de Nuestro Señor, mi pan cotidiano, vi un espectáculo piadoso, y oí las palabras de los niñitos. Sé que mi vida no es muy santa, y que he cedido a las tentaciones bajo los tilos del camino. Los hermanos que me dan vino bien se dan cuenta de que estoy poco acostumbrado a beber. Pero no pertenezco a la secta de los que mutilan. Hay mentecatos que les sacan los ojos a los pequeñuelos, les cortan las piernas y les atan las manos, con el objeto de exhibirlos y de implorar la caridad.
...todos estos niños no tenían nombres (...) Llenaban el camino como un enjambre de abejas blancas. No sé de dónde venían. Eran pequeños peregrinos. Llevaban la cruz a la
espalda; y todas estas cruces eran de innumerables colores (...) Son niños salvajes e ignorantes. Vagan no sé hacia donde. Tienen fe en Jerusalén (...) no llegarán..."(1)
Era la cuarta gran Cruzada que los cristianos latinos emprendían contra Tierra Santa por sacros motivos que regían intereses muy mundanos. ¿Por qué vinimos a dar al año 1200? Lo mío son los pretextos, saben bien ustedes, y como también aquí cualquier camino conduce a Roma, busco a la banda de criminales relacionados con el todo lo sólido se desvanece en el aire. Caballeros Templarios, se llaman, y la novela acaba de observar cuánta sangre hay bajos sus pies. Olvidé si el cuaderno habla ya de ellos. Eran conocidos también como Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo Salomón. El fraile que vimos seguro no los incluye entre quienes obligan a mendigar a los niños, por una sencilla razón: eran riquísimos. Religiosos regulares, estaban militarizados. Libraban a algunos de tareas guerreras para especializarlos en el primer sistema financiero moderno, ¿adelantándose a su época o prefigurando una nueva? 
Nada se les comparaba en poder económico o bélico. Una de sus prácticas llegaría al Cuarto Continente, en forma de encomienda de indígenas para usufructuar su trabajo y cuanto se quisiera. Otra sostendría la obra indiana subvencionándola.    


  

1. Marcel Schwob. La cruzada de los niños.

domingo, 1 de mayo de 2016

Un desvío

Mencioné a Aquitania y no nos le acercamos porque apenas la conozco y distraería nuestro viaje. El año era 1571 y me detuve sólo y brevemente en uno de sus significados.
Al norte francés, colinda entonces con el reino de Castilla. Entonces, aclaro, pues si se vuelve a tiempos de Battuta, dos siglos atrás, esos Estados no existen.
Para ejemplificar, permitan ahora que los conduzca un momento a los años 1270 y hacia el sur de ambos futuros países, según les llamaríamos hoy, en línea recta. Contra los Pirineos, Territorios Cátaros, y desbordándolos, Distritos Cristianos de Aragón y Cataluña.
Distritos cristianos les llaman pues el Islam sigue dominando la mayor parte de la península ibérica, África septentrional y occidental y Medio Oriente, hasta India. 
Todo está en muy activo reacomodo dentro de ese mapa, y particularmente la cristiandad latina. En ésta nacerán los Estados nacionales, así que no existen todavía. ¿Su precipitador será el fenómeno al que se refirió Montaigne? ¿Todo parte de las Cruzadas, cuando a Battuta le faltaban doscientos años para emprender su aventura? En ellas surge el primer sistema financiero moderno, sin cuya existencia se diría imposibles las andanzas de Colón.  
¿Los confundo, nietos? Es el propósito.

miércoles, 23 de marzo de 2016

El cielo se cayó a pedazos

El cielo se partió en pedazos, dicen de nuestras tierras quienes saben o eso creen, y los que padecieron: Nos dejaban por herencia una red de agujeros (1), primero, y luego: Aquí comenzaremos la historia antigua y el antiguo relato del principio, del origen, de todo lo que hicieron(2)
No es necesario más para entender, y es, pues la mirada ajena recoge muy poco así piense otra cosa. 
Contra el bíblico anuncio, hubo un apocalípsis ya, repetido muchas veces, sin que tocara a los pueblos del Libro. Empezó aquí y todo alrededor, kilómetros por miles rumbo a norte y sur, según gustan llamar sus hacedores, y seguiría en el África Negra, avanzando luego lentamente en Asia desde las islas índicas. 
En este punto dos cuadernos se cruzan. ¿Cómo serán al final si apenas tengo tiempo para trabajar con miles de cuartillas que produjeron viajes hechos durante décadas? 

viernes, 11 de marzo de 2016

Ese Sócrates

Nuestro Demasiado... es producto de mi más largo viaje por la historia, nietos. Duró ocho años, alimentó a la familia y nadie lo conoce bien a bien, resumido en tres pequeños, indigestos volúmenes que terminaron en extrañas bibliotecas públicas. 
Me aparté entonces del camino principal tantas veces como el asombro demandaba a quien no tenía licencia para transitar tiempos y lugares que se reservan los amos de todo desde ese maléfico 1492, como da en llamarlo el Mero. 
Sólo sé que no sé nada, según la celebérrima frase, dije al principio y al final, mientras otros aseguraban entender de pe a p y así se volvían Colones, ellos sin justificación alguna y con muy mala voluntad. 
-He aquí las Indias -pontifican contemplando Santo Domingo o Mesoamérica o un filón al sur del fantasioso Nuevo Continente. 
Son nuevos, empobrecidos Aristóteles que dividen la tierra en dos: el Norte civilización pura y el Sur de riquezas infinitas donde toda inteligencia desfallece.  

lunes, 4 de enero de 2016

La Gran Promesa

Entre 1770 y 1830 ocho millones de hombres y mujeres de la costa atlántica siguieron la caída del sol tras los Apalaches que el gobierno británico había impuesto como barrera a la colonización, hacia la asombrosamente pródiga cuenca del Mississippi y más allá, rumbo a las Rocallosas.
La tierra, confundida, se conmovía con la avalancha humana, con su peso de carretas, caballos y embarcaciones cargados con todo lo imaginable y su brutal estrépito de hierro y madera, de disonantes voces de cerdos, reses, perros y gallinas. La prensa y las memorias de la época trataban de apresar en números la impresión del tumultuoso precipitarse atravesado por una fe en la que se creía reconocer las trompetas de plata de Moisés anunciando el reino de Israel:
“En un mes, la villa de Robbstow vio pasar 236 carretas.” “Informes provenientes de Lancaster establecen que se contaron en una semana 100 familias que cruzaron la ciudad.” “Por Eaton pasaron 511 carretas con 3,066 personas en un mes.” En el mismo Muskingum de las mágicas semillas de calabaza, un probable conocido de los Taylor contabilizaba 50 carretas en un día, mientras los ríos se sembraban de pontones, lanchones y chatas.
Era una historia de grandes esperanzas y sufrimientos. “Una familia compuesta por 8 miembros, en viaje de Maine a Indiana hizo a pie los más de 600 kilómetros a Eaton, Pennsylvania.” “Un herrero de Rhode Island, en pleno invierno cruzó Massachusetts rumbo a Albany (alrededor de 300 kilómetros). En un carrito iban algunas ropas, algunos alimentos y dos criaturas. Detrás marchaba pesadamente la madre, con un pequeñuelo en brazos y 7 niños más a su lado.” El diario de un observador daba cuenta de un par de embarcaciones improvisadas, amarradas una a otra, con cabañas construidas en lo alto, que transportaban a familias y granjas desmontadas con todos sus efectos, en una especie de hogar viajero sostenido por sus rutinas, cuyo símbolo era una anciana con anteojos que en una silla se entregaba a su tejido.
Se instalaban en un lugar que parecía bueno, otros pasaban de largo dejando el rumor de nuevos y mejores lugares. Entonces los más arriesgados o los menos favorecidos tomaban de vuelta el camino. Eran tan frecuentes las mudanzas, que un futuro presidente aseguraba que a uno de sus vecinos todos los años en primavera las gallinas se le acercaban y cruzaban las patas, aguardando que las atara para el viaje.
Un recuerdo éste, tocado por el mismo impulso de imaginación que hacía florecer con clavos a una barra de hierro y que sólo así era capaz de recoger los auténticos milagros de la aventura que en menos de medio siglo multiplicó por seis el territorio de las trece colonias primitivas. La aventura dejaba en la mentalidad del país una huella imborrable y consolidaba y definía a la democracia nativa. Así, privilegiando la anécdota, subrayando los rasgos excepcionales o caricaturescos de la realidad, vacilando entre un agrio y desenfadado humor y un gusto a Viejo Testamento, se construía una percepción del mundo, una memoria y un habla que contribuirían decisivamente al surgimiento de una religión, una conciencia y una literatura nacionales.
Una larga serie de estereotipos estadounidenses estaba ya presente en el río de historias que desde el Oeste prosperaba entonces por el resto del país. En la anécdota, por ejemplo, del viajero que detenía su caballo donde el lodazal de un camino se volvía infranqueable y descubría un sombrero sobresaliendo del fango, que se agitaba. “Al viajero comenzó a helársele la sangre, pero juntó suficiente coraje para levantar el sombrero con su látigo de montar. ¡Cáspita! Debajo apareció la cabeza de un hombre, que se volvió hacia él y exclamó:
“-¡Hola, forastero! ¿Quién le dijo que me hiciera saltar el sombrero?”
Reponiéndose de la sorpresa el forastero se preparó a bajar del animal para ayudarlo, pero el otro lo contuvo:
-”¡Oh, no se preocupe usted! Verdad es que estoy en un aprieto, pero tengo debajo mío un excelente caballo, que me ha hecho atravesar sobre su lomo más de un sitio peor que éste. Nos las arreglaremos.”
Se necesitaba en verdad humor, capacidad de sacrificio y decisión para emprender una tarea que, por lo demás, para muchos era una especie de obligación. “Consideremos el caso de los desheredados, sin una hilacha de su propiedad, deslomándose en el trabajo y no obstante siempre con el fantasma de la cárcel de los deudores ante su vista: ¿cómo reaccionarían esos hombres frente a la posibilidad de recomenzar en una nueva región.” O a un labrador que roturaba la tierra hasta agotarla o que “desde el primer día tuvo que luchar con un suelo pobre o pedregoso”, para quienes la promesa de América no se había cumplido o sólo en términos miserables.
Eran seres humanos que tras las flechas de los indios encontraban a las de los mucho más peligrosos bancos, que cada poco amenazaban aumentar los intereses o expropiar las tierras adquiridas a los grandes concesionarios del Estado. La avanzada de los colonos entre el Muskingum y el Ohio, pongamos por caso, había sido precedida por la compra de derechos sobre 600 mil hectáreas, de parte de una compañía dirigida por un general y un reverendo, a la ganga de 20 centavos por hectárea. Para el colono los dos dólares o el dólar y cuarto al cual se redujo luego el precio -de seis a diez tantos de ganancia, pues, para los especuladores- en principio podrían parecer más que razonables, pensando en las virtudes de suelos, climas y aguas a tal punto de veras anchos, favorables y abundantes que frecuentemente permitían sembrar sin haber roturado y que entregaban dos cosechas por año.
Pero para hacerse del lote tipo, de 640 acres, la absoluta mayoría debía recurrir al crédito de las instituciones del Este, que medraban tan a gusto como los concesionarios. Dos o tres letras se acumulaban y los colonos recibían los anuncios de lanzamiento, que los incitaban a la revuelta. Así había sido desde muy pronto, en presagios de auténticos conflictos de clase. Comenzaba la gran empresa cuando en 1786 multitudes de granjeros, dirigidos por un capitán retirado, llevaron su coraje hasta amagar con el asalto a un arsenal y no desistir de entrar a la mismísima Boston sino porque milicias de honrados ciudadanos los forzaron a retirarse a los bosques y rendirse, mientras la caballería formada por probos e iracundos estudiantes “sembraba el terror entre las familias campesinas”. Revueltas que si entonces y más tarde no llegaban a extremos era por la alternativa de marcharse y recomenzar, hacia el prometedor horizonte contemplado por Jefferson.
Descendientes de esos colonos son quienes en 1846 forman el sector de soldados nativos del ejército regular estadounidense, con los cuales departe Brian O´Donnell.
-0-
Aquí, nietos, dos de nuestros cuadernos se reúnen. Lo hacen en varios puntos o deberían, pues no sabemos cuando se detendrá el relato. 
Eso que acaban de leer resume a un historiador inusual, que busca el alma de Estados Unidos construida por las mayorías y quizá su buena fe sobredimensiona.  
Yo lo imito hasta cierto punto, con mi delirante amor a los más, y en cambio me mesuro con las conclusiones sobre el tema o cualquier otro aquí.
Demasiado... es producto del más largo viaje que hice por la historia. Duró ocho años y nadie lo conoce, resumido en tres pequeños, indigestos volúmenes.  
Al emprenderlo me aparté del camino principal tantas veces como el asombro demandaba a quien no tenía licencia para transitar tiempos y lugares que se reservan los amos de cuanto hay desde el maléfico 1492, como da en llamarlo el Mero.
Conozco dos libros sobre ese año. Presumen desentrañar misterios enormísimos. Tal vez es así y en todo caso sus autores se comportan como Colones, ellos sin justificación para sus desmesuras y con muy mala voluntad. 
-He aquí las Indias -pontifican cinco siglos más tarde, contemplando Santo Domingo o Mesoamérica o un filón al sur del fantasioso Nuevo Continente. 
Resultan nuevos, empobrecidos Aristóteles que dividen la tierra en dos: el Norte civilización pura y el Sur de riquezas infinitas donde toda inteligencia desfallece (caprichoso proceder siempre de las élites planetarias, que se vuelve sobre sí mismas según mudan los tiempos; hoy Grecia, el Mediterráneo entero, aparece históricamente condenado al atraso).
En aquéllos ocho años yo desviaba la ruta a capricho. ¿Qué podía concluir de un proceso tan complejo como el que perseguía, así le dedicará toda la vida?
Acabo de llevarlos hasta Corpus Christi, Texas, en 1845. Es diciembre y el gobierno estadounidense se prepara a asaltar México para llevarse dos millones de kilómetros cuadrados. Con ello inaugura una política internacional cuyos discursos por la paz y la libertad son el mejor motivo para la violencia y el despojo. 
Descomunal salto en su destino manifiesto madurado durante dos siglos.   
“Nosotros esperamos fundar una nación
donde anteriormente nada existía.”
Palabras a las que les basta un aire sentencioso extraído de las Sagradas Escrituras, para hacer verdad ante la historia un Cuarto Continente iluminado al antojo:
“...donde anteriormente nada existía.”
Detrás de este discurso está Santo Tomás Moro y su historia de Utopo, el padre de la sociedad perfecta en una isla del vago e inconmensurable cuarto continente que en sus tiempos empezaba a descubrirse para los cristianos. Corría el año 1516 e Inglaterra había quedado fuera del reparto del océano por el patriarca de Roma, pero Moro, en ésta como en muchas otras materias un adelantado, sentaba las bases para una conciencia inglesa sobre la colonización: expropiar para su mundo el concepto de cultura -pan y vino, cerdos y caballos, arados y carretas, ciudades y libros- y sustentar el derecho de los “civilizados” a hacerse de las tierras de los “salvajes”:
“Los nuevos colonos guerrean contra quienes ofrezcan resistencia, porque tienen por justa causa de guerra que un pueblo mantenga yermo, inútil y desierto su suelo y prohiba su uso y posesión a los que, por ley natural, deben hallar en él su alimento.”
Moro no sospechaba, desde luego, lo que la realidad haría tras su muerte con el sueño comunitario de la Utopía. Inglaterra abraza la reforma Protestante, reta abiertamente las decisiones del Papa, y su Corona, con el mismo espíritu con el cual firma patentes de corso, da concesiones sobre territorios americanos. En 1606 un grupo de empresarios forma la Compañía de Virginia, para explotar los lugares que dos décadas atrás abrieron a la imaginación de la isla las correrías de Walter Raleigh.
Al llegar el invierno del segundo año, del grupo enviado por la compañía no quedan sino unos pocos, escuálidos seres que se preparan a entregar sus almas al Señor por el persistente retraso de los barcos que los avituallan. Entonces sus mortales enemigos, los indios, por obscuros designios en lugar de aniquilarlos los alimentan. En los años a continuación las tribus cercanas, imitando a los wampanoag que reciben a los Padres Peregrinos o Yankees de Nueva Inglaterra, les enseñan a distinguir los peces buenos de los malos y les descubren la carne de las “gallinas de la tierra”, con las cuales mucho después se hará un rito para recrear idílicamente el momento. Y enseguida les hacen el gran regalo:
-Estamos hambrientos, danos de comer- clamaron los que de ella habían nacido, y Madre Primera echó a llorar.
-¿Cómo puedo devolverte la sonrisa?- preguntó su hombre.
-Debes matarme.
-¡No!, ¡nunca!
-Tienes que hacerlo o estaré triste para siempre.
El joven esposo viajó hasta el fin de la tierra, en busca del único consejo. Gran Creador fue lacónico:
-Cumple sus deseos.
Envuelto en pena el hombre reanduvo el camino hasta donde ella lo esperaba para instruirlo:
-Lo harás mañana, cuando la luna esté alta. Luego dejarás que nuestros hijos me arrastren por el cabello a un hueco en la tierra y me vuelvan abajo y arriba. Esperarás a que la carne abandone mi cuerpo, tomarás mis huesos y los enterrarás en este claro.
Y sonrió. Así, cada vez luego de cada seis meses, cuando él y los hijos y los hijos de los hijos regresaran, encontrarían el calvero cubierto con las altas, verdes, florecientes matas, carne y huesos de ella, que harían olvidar el hambre y a las cuales desde entonces se les habla amorosamente. Era el maíz, la planta milagrosa capaz de acomodarse a cualquier clima y entregar “el jugo como leche de madre de sus granos” en cantidades imposibles para cualquier cereal conocido en Europa. El maíz que, como verdadera obra de los dioses, indígenas mesoamericanos habían creado, en decenas de variedades y a fuerza de miles de años, a partir de una “espiga” más pequeña que un renacuajo. Ese vegetal que, a diferencia del resto de sus semejantes, no puede crecer abandonado a sí mismo, salvaje, demandando del hombre un modesto pero inexcusable culto.
La vida de los colonos de Virginia, de los puritanos del Mayflower, de la totalidad de los europeos que se arriesguen a estas partes y las de sus hijos e hijas, dependerá de ella de ahí hasta el siglo XXI. Pero no antes de que los indios les enseñen la forma de cultivarla y aprovecharla: abrir los campos desprendiendo una franja de corteza del tronco de los árboles, a fin de que mueran sin necesidad de cortarlos, y prenderles fuego; cómo seleccionar las especies y los granos y sembrar sobre las cenizas, en temporadas distintas a las acostumbradas por los europeos con sus cereales; cómo voltear la tierra sin arruinar la planta y cómo convertir los frutos en pan en las múltiples maneras que, conservando sus nombres nativos, serán usuales por muchísimo tiempo entre los estadounidenses: hominy, nonake, succotash, samp...
Pronto los virginianos reciben además el frijol y la calabaza y empiezan a obtener de Inglaterra lo necesario y mucho más, con otro producto cultural de la tierra que las Nuevas declaran intocadas, yermas, precisamente, virginales: el tabaco.
De él, a cuyo lujo se entrega la opulenta Europa colonial; del trabajo esclavo de los “sirvientes escriturados” que llegan por vocación, por regio castigo o a través del provechoso negocio de los cazadores de pobres de Londres, de Dublín, de Glasgow;
de la venta de indios prisioneros de guerra a las Bermudas o las Bahamas; de las “piezas” del África negra que permitirán la explotación en gran escala de las plantaciones;
de las tierras tomadas a los Ponhatanes y los Delawers que habitan de la bahía de Chesapeake al Potomac;
de allí, entre la plaga de enfermedades desconocidas o adquiridas en los sórdidos veleros trasatlánticos, que en las primeras épocas acaban con más de la mitad de los emigrantes;
a punta de tesón, de sudores personales y codazos para deslindarse de la masa de pequeños propietarios que los caprichos de los precios europeos amenazan con la ruina;
enviando a estudiar a los hijos a Inglaterra, para estar siempre un paso adelante en el conocimiento de la revolución de las leyes y las costumbres, obtendrán sus propiedades y sus blasones las más señaladas familias de Virginia. Ellas crearán un linaje político que hegemonizará el primer medio siglo de vida independiente de los Estados Unidos.
Unos más y otros menos, sin duda todos los virginianos recordarán con respeto las palabras de las Nuevas, en las cuales se recoge el espíritu del derecho natural esgrimido por Moro. Un sentido de destino manifiesto que dirige la colonización y la independencia y que en los 1820 ha empezado a encontrar una última, acabada versión, durante el gobierno de un genuino, liberal, virginiano caballero: James, el de la doctrina, Monroe.
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Digo que dos cuadernos se reúnen en la viñeta. El segundo es Para morir iguales por esas familias rumbo al primer Oeste USA; O´Donnell, sus compañeros en el ejército y las naciones indias cuyo socorro salva a los colonos de Virginia y Nueva Inglaterra.

lunes, 26 de octubre de 2015

El Sostén del Cielo y sus cenizas

En 1763 el jefe Pontiac y sus médicos-profetas recibían el mensaje del Amo de la Vida y lo lanzaban al viento: los blancos no son huéspedes de un momento; han llegado para hacerse amos de todo y es preciso liquidarlos. Pero veinte años después sus palabras no habían alcanzado el nuevo reto que alrededor de las sagradas montañas cheroquies se abría a la colonización.
El de los indios de Norteamérica es un mundo. Un mundo de leyes particulares, con su par de continentes separados por el río Mississippi, y sus países a montones.
Pontiac había hablado desde la nación de los Ottawas, hacia los Grandes Lagos donde se fijaría la frontera de Canadá.
Allí donde mucho después la memoria aseguraría que el primero de los hombres debió vencer a gigantes y magos, al espíritu de la noche y a una corte de demonios, duendes, brujas y caníbales. Lo aseguraría sin saberlo a lo cierto, pues pasada la mesiánica rebelión no quedaría siquiera lo suficiente para crear una reserva y las viejas leyendas serían una confusión de estampas desdibujadas por los años y de exóticas interpretaciones blancas. De qué manera saber así, por ejemplo, cómo era en verdad Gran Conejo, su magia y los prodigios de los espesos bosques que recorría a saltos de kilómetro.
En todo caso el país de Pontiac, a pesar de su vida aldeana y sus campos de maíz, comunes al conjunto de los pueblos al Este del Mississippi, estaba a una gran distancia física y mental de las naciones cheroquies. Estos últimos hijos naturales de los Apalaches habían sido amos de los enormes territorios que caen a un lado y a otro de las montañas. Descendían de la gran cultura que cuatro siglos antes de la llegada de los europeos había florecido en los campos del sudeste: la de centros de incipiente vida urbana, con sus plazas, sus templos ceremoniales y sus residencias para las elites, en torno de los cuales se desgranaban las aldeas y las huertas irrigadas.
A diferencia de la mayoría de los pueblos de Este medio norteamericano, ellos apenas hacia mediados del siglo XVIII habían enfrentado el gran choque con los extraños. Eran extraños absolutos, no comparables ni con los nómadas del país fantasma, la Tierra de Sombras del Oeste, justo tras el sagrado Mississippi, que según una leyenda descendían de la tribu que se negó a seguir los consejos del dios fundador vuelto hombre y no conocían el cultivo de las plantas, los secretos de los cestos o el favor de las plegarias.
Los otros, cósmicos forasteros venían de más lejos todavía que el Galun´lati, el confín al cual fue expulsado Uktena, el monstruo del agua, haciendo vacilar las historias de los ancianos. Pero los cheroquies trataron con los blancos y buscaron sacar partido de la situación, vendiéndoles los derechos de una buena parte de sus campos. ¿Por qué no si a pesar de la constancia secular de su vida aldeana, de sus cultos y divisiones del trabajo, igual o mejor que cualquier otro pueblo indio se acostumbraron a los continuos e imprevisibles reacomodos de un mundo donde la vida sedentaria se ensanchaba o estrechaba de súbito y las migraciones eran un fenómeno estructural?
Cerca de los años mil ochocientos no sólo cedían las tierras de Tennesse y Kentucky y sellaban pactos con los recién llegados. Atendían a sus pastores de almas, tomaban su alfabeto para darse una lengua escrita, hacían alianzas matrimoniales con ellos y abrían espacios para la plena propiedad privada que, en unos cuantos radicales casos, permitían crear estancias trabajadas por esclavos negros.
¿Había pecado en ello? ¿Olvidarían de ese modo que todo comenzó cuando la tierra se desprendió de las cuerdas de cuero pendientes de los costados del cielo y las enormes alas de un animal salido de las aguas donde la vida se había refugiado, crearon como sin querer, del lodo, las montañas maravillosas reservadas para ellos? ¿Renunciarían al sol concebido como mujer, al consejo de los sueños, al parentesco con Abuelo Águila y Abuela Araña, al conocimiento de Hombre Pequeño, capaz de transformar a los hombres en serpientes, de mover estrellas, de atemperar la luz o los vientos?
El hecho es que menos de cien años después no pueblan ya las ricas tierras aquéllas y no viven en pacíficos asentamientos agrícolas, sino en la América Árida a un lado y otro del Bravo, la región más lóbrega del País de Sombras del Oeste, y se especializan en feroces incursiones contra los blancos.
Para entonces habían hecho el Sendero de las Lágrimas.
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En el verano de 1811 Tenkswatawa, el Profeta, anunció el resurgimiento religioso que debía permitir a los Shawnee sobrevivir en el último coto de caza que los extraños les dejaban. La experiencia y la lectura de los signos le permitían creer que evitando todo trato con ellos, en paz, el orden natural se restablecería. Entonces, William Clayton Harrison, superintendente de los territorios que debían servir de reserva a los pueblos expulsados del noreste, dando un salto en la serie gracias a la cual alcanzaría la presidencia del país, reto a la paciencia del jefe, falló y, perdidas las excusas, obligó a la tribu a presentar batalla y destruyó la aldea. Un año después Tecumseh “el majestuoso”, hermano gemelo del Profeta, acaudillando una confederación de naciones, celebraba un pacto con los ingleses, imponía el terror a los colonos y al fin fracasaba en el asalto a un fuerte.
El encargado de defender la plaza era un joven capitán, quien fue elevado al rango de comandante y descubrió de golpe la celebridad, aprendiendo, de seguro, la regla: en los Estados Unidos para un militar no había posibilidad de progresar realmente si no era a costa de los indios. Los años que siguieron lo condujeron de frontera en frontera, en tareas sin mayor brillo, sin embargo, las diarias fricciones con las tribus auguraban la proximidad del gran momento y él debió aprovechar para conocer cuanto podía de ellas y estar preparado.
A fines de los 1820 vino de una buena vez la decisión: el país era ya lo suficientemente fuerte como para librarse de la presencia de los pieles rojas. Echando a un lado títulos y derechos reconocidos por gobiernos anteriores, el que es quizá el más popular de los mandatarios norteamericanos, Andrew Jackson, inició su traslado a ese auténtico otro continente tras el Mississippi. Fue ahí que los cheroquies tan decididos a apostar por la convivencia, pasaron a la historia haciendo el Camino de las Lagrimas con los cadáveres de más de un tercio de su gente, que el hambre y el dolor iban dejando.
Aunque no fue gracias a ellos que el comandante logró el decisivo éxito que lo llevaría al primer plano de la escena nacional. Se lo debió a sus antiguos vecinos del costado norte. En concreto, a Halcón Negro, jefe de los sauks y los fox que participaron en la cruzada de Pontiac y que con los años aprendieron a conformarse con las tierras de la desembocadura del río Rock. Los colonos “invadieron sus vegas, destruyeron sus sementeras y araron sobre las tumbas de sus antepasados”. Halcón Negro había recibido la palabra, conocía de sobra el poder de los blancos y tenía fe en la cultura acumulada por su pueblo, de modo que se retiró al territorio de Missouri. Pero el cambio resultó tan súbito, el nuevo invierno tan duro, los sioux que la habitaban, tan celosos de sus espacios, y el tiempo tan breve para cumplir el justo pago requerido por la tierra, que en unos meses la miseria aplastó a las tribus. El jefe regresó buscando una de las viejas praderas para su maíz y las milicias de Illinois, en las cuales el joven Abraham Linconl mandaba una compañía, fueron en su busca y lo persiguieron hasta los desiertos de Wisconsin, dejando detrás episodios de los cuales nadie se responsabiliza, como el inútil asesinato de hombres, mujeres y niños indefensos al cruzar el río sagrado.
Porque hacía tiempo todo lo sólido de desvanecía ya en el aire.