miércoles, 23 de marzo de 2016

El cielo se cayó a pedazos

El cielo se partió en pedazos, dicen de nuestras tierras quienes saben o eso creen, y los que padecieron: Nos dejaban por herencia una red de agujeros (1), primero, y luego: Aquí comenzaremos la historia antigua y el antiguo relato del principio, del origen, de todo lo que hicieron(2)
No es necesario más para entender, y es, pues la mirada ajena recoge muy poco así piense otra cosa. 
Contra el bíblico anuncio, hubo un apocalípsis ya, repetido muchas veces, sin que tocara a los pueblos del Libro. Empezó aquí y todo alrededor, kilómetros por miles rumbo a norte y sur, según gustan llamar sus hacedores, y seguiría en el África Negra, avanzando luego lentamente en Asia desde las islas índicas. 
En este punto dos cuadernos se cruzan. ¿Cómo serán al final si apenas tengo tiempo para trabajar con miles de cuartillas que produjeron viajes hechos durante décadas? 

viernes, 11 de marzo de 2016

Ese Sócrates

Nuestro Demasiado... es producto de mi más largo viaje por la historia, nietos. Duró ocho años, alimentó a la familia y nadie lo conoce bien a bien, resumido en tres pequeños, indigestos volúmenes que terminaron en extrañas bibliotecas públicas. 
Me aparté entonces del camino principal tantas veces como el asombro demandaba a quien no tenía licencia para transitar tiempos y lugares que se reservan los amos de todo desde ese maléfico 1492, como da en llamarlo el Mero. 
Sólo sé que no sé nada, según la celebérrima frase, dije al principio y al final, mientras otros aseguraban entender de pe a p y así se volvían Colones, ellos sin justificación alguna y con muy mala voluntad. 
-He aquí las Indias -pontifican contemplando Santo Domingo o Mesoamérica o un filón al sur del fantasioso Nuevo Continente. 
Son nuevos, empobrecidos Aristóteles que dividen la tierra en dos: el Norte civilización pura y el Sur de riquezas infinitas donde toda inteligencia desfallece.  

lunes, 4 de enero de 2016

La Gran Promesa

Entre 1770 y 1830 ocho millones de hombres y mujeres de la costa atlántica siguieron la caída del sol tras los Apalaches que el gobierno británico había impuesto como barrera a la colonización, hacia la asombrosamente pródiga cuenca del Mississippi y más allá, rumbo a las Rocallosas.
La tierra, confundida, se conmovía con la avalancha humana, con su peso de carretas, caballos y embarcaciones cargados con todo lo imaginable y su brutal estrépito de hierro y madera, de disonantes voces de cerdos, reses, perros y gallinas. La prensa y las memorias de la época trataban de apresar en números la impresión del tumultuoso precipitarse atravesado por una fe en la que se creía reconocer las trompetas de plata de Moisés anunciando el reino de Israel:
“En un mes, la villa de Robbstow vio pasar 236 carretas.” “Informes provenientes de Lancaster establecen que se contaron en una semana 100 familias que cruzaron la ciudad.” “Por Eaton pasaron 511 carretas con 3,066 personas en un mes.” En el mismo Muskingum de las mágicas semillas de calabaza, un probable conocido de los Taylor contabilizaba 50 carretas en un día, mientras los ríos se sembraban de pontones, lanchones y chatas.
Era una historia de grandes esperanzas y sufrimientos. “Una familia compuesta por 8 miembros, en viaje de Maine a Indiana hizo a pie los más de 600 kilómetros a Eaton, Pennsylvania.” “Un herrero de Rhode Island, en pleno invierno cruzó Massachusetts rumbo a Albany (alrededor de 300 kilómetros). En un carrito iban algunas ropas, algunos alimentos y dos criaturas. Detrás marchaba pesadamente la madre, con un pequeñuelo en brazos y 7 niños más a su lado.” El diario de un observador daba cuenta de un par de embarcaciones improvisadas, amarradas una a otra, con cabañas construidas en lo alto, que transportaban a familias y granjas desmontadas con todos sus efectos, en una especie de hogar viajero sostenido por sus rutinas, cuyo símbolo era una anciana con anteojos que en una silla se entregaba a su tejido.
Se instalaban en un lugar que parecía bueno, otros pasaban de largo dejando el rumor de nuevos y mejores lugares. Entonces los más arriesgados o los menos favorecidos tomaban de vuelta el camino. Eran tan frecuentes las mudanzas, que un futuro presidente aseguraba que a uno de sus vecinos todos los años en primavera las gallinas se le acercaban y cruzaban las patas, aguardando que las atara para el viaje.
Un recuerdo éste, tocado por el mismo impulso de imaginación que hacía florecer con clavos a una barra de hierro y que sólo así era capaz de recoger los auténticos milagros de la aventura que en menos de medio siglo multiplicó por seis el territorio de las trece colonias primitivas. La aventura dejaba en la mentalidad del país una huella imborrable y consolidaba y definía a la democracia nativa. Así, privilegiando la anécdota, subrayando los rasgos excepcionales o caricaturescos de la realidad, vacilando entre un agrio y desenfadado humor y un gusto a Viejo Testamento, se construía una percepción del mundo, una memoria y un habla que contribuirían decisivamente al surgimiento de una religión, una conciencia y una literatura nacionales.
Una larga serie de estereotipos estadounidenses estaba ya presente en el río de historias que desde el Oeste prosperaba entonces por el resto del país. En la anécdota, por ejemplo, del viajero que detenía su caballo donde el lodazal de un camino se volvía infranqueable y descubría un sombrero sobresaliendo del fango, que se agitaba. “Al viajero comenzó a helársele la sangre, pero juntó suficiente coraje para levantar el sombrero con su látigo de montar. ¡Cáspita! Debajo apareció la cabeza de un hombre, que se volvió hacia él y exclamó:
“-¡Hola, forastero! ¿Quién le dijo que me hiciera saltar el sombrero?”
Reponiéndose de la sorpresa el forastero se preparó a bajar del animal para ayudarlo, pero el otro lo contuvo:
-”¡Oh, no se preocupe usted! Verdad es que estoy en un aprieto, pero tengo debajo mío un excelente caballo, que me ha hecho atravesar sobre su lomo más de un sitio peor que éste. Nos las arreglaremos.”
Se necesitaba en verdad humor, capacidad de sacrificio y decisión para emprender una tarea que, por lo demás, para muchos era una especie de obligación. “Consideremos el caso de los desheredados, sin una hilacha de su propiedad, deslomándose en el trabajo y no obstante siempre con el fantasma de la cárcel de los deudores ante su vista: ¿cómo reaccionarían esos hombres frente a la posibilidad de recomenzar en una nueva región.” O a un labrador que roturaba la tierra hasta agotarla o que “desde el primer día tuvo que luchar con un suelo pobre o pedregoso”, para quienes la promesa de América no se había cumplido o sólo en términos miserables.
Eran seres humanos que tras las flechas de los indios encontraban a las de los mucho más peligrosos bancos, que cada poco amenazaban aumentar los intereses o expropiar las tierras adquiridas a los grandes concesionarios del Estado. La avanzada de los colonos entre el Muskingum y el Ohio, pongamos por caso, había sido precedida por la compra de derechos sobre 600 mil hectáreas, de parte de una compañía dirigida por un general y un reverendo, a la ganga de 20 centavos por hectárea. Para el colono los dos dólares o el dólar y cuarto al cual se redujo luego el precio -de seis a diez tantos de ganancia, pues, para los especuladores- en principio podrían parecer más que razonables, pensando en las virtudes de suelos, climas y aguas a tal punto de veras anchos, favorables y abundantes que frecuentemente permitían sembrar sin haber roturado y que entregaban dos cosechas por año.
Pero para hacerse del lote tipo, de 640 acres, la absoluta mayoría debía recurrir al crédito de las instituciones del Este, que medraban tan a gusto como los concesionarios. Dos o tres letras se acumulaban y los colonos recibían los anuncios de lanzamiento, que los incitaban a la revuelta. Así había sido desde muy pronto, en presagios de auténticos conflictos de clase. Comenzaba la gran empresa cuando en 1786 multitudes de granjeros, dirigidos por un capitán retirado, llevaron su coraje hasta amagar con el asalto a un arsenal y no desistir de entrar a la mismísima Boston sino porque milicias de honrados ciudadanos los forzaron a retirarse a los bosques y rendirse, mientras la caballería formada por probos e iracundos estudiantes “sembraba el terror entre las familias campesinas”. Revueltas que si entonces y más tarde no llegaban a extremos era por la alternativa de marcharse y recomenzar, hacia el prometedor horizonte contemplado por Jefferson.
Descendientes de esos colonos son quienes en 1846 forman el sector de soldados nativos del ejército regular estadounidense, con los cuales departe Brian O´Donnell.
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Aquí, nietos, dos de nuestros cuadernos se reúnen. Lo hacen en varios puntos o deberían, pues no sabemos cuando se detendrá el relato. 
Eso que acaban de leer resume a un historiador inusual, que busca el alma de Estados Unidos construida por las mayorías y quizá su buena fe sobredimensiona.  
Yo lo imito hasta cierto punto, con mi delirante amor a los más, y en cambio me mesuro con las conclusiones sobre el tema o cualquier otro aquí.
Demasiado... es producto del más largo viaje que hice por la historia. Duró ocho años y nadie lo conoce, resumido en tres pequeños, indigestos volúmenes.  
Al emprenderlo me aparté del camino principal tantas veces como el asombro demandaba a quien no tenía licencia para transitar tiempos y lugares que se reservan los amos de cuanto hay desde el maléfico 1492, como da en llamarlo el Mero.
Conozco dos libros sobre ese año. Presumen desentrañar misterios enormísimos. Tal vez es así y en todo caso sus autores se comportan como Colones, ellos sin justificación para sus desmesuras y con muy mala voluntad. 
-He aquí las Indias -pontifican cinco siglos más tarde, contemplando Santo Domingo o Mesoamérica o un filón al sur del fantasioso Nuevo Continente. 
Resultan nuevos, empobrecidos Aristóteles que dividen la tierra en dos: el Norte civilización pura y el Sur de riquezas infinitas donde toda inteligencia desfallece (caprichoso proceder siempre de las élites planetarias, que se vuelve sobre sí mismas según mudan los tiempos; hoy Grecia, el Mediterráneo entero, aparece históricamente condenado al atraso).
En aquéllos ocho años yo desviaba la ruta a capricho. ¿Qué podía concluir de un proceso tan complejo como el que perseguía, así le dedicará toda la vida?
Acabo de llevarlos hasta Corpus Christi, Texas, en 1845. Es diciembre y el gobierno estadounidense se prepara a asaltar México para llevarse dos millones de kilómetros cuadrados. Con ello inaugura una política internacional cuyos discursos por la paz y la libertad son el mejor motivo para la violencia y el despojo. 
Descomunal salto en su destino manifiesto madurado durante dos siglos.   
“Nosotros esperamos fundar una nación
donde anteriormente nada existía.”
Palabras a las que les basta un aire sentencioso extraído de las Sagradas Escrituras, para hacer verdad ante la historia un Cuarto Continente iluminado al antojo:
“...donde anteriormente nada existía.”
Detrás de este discurso está Santo Tomás Moro y su historia de Utopo, el padre de la sociedad perfecta en una isla del vago e inconmensurable cuarto continente que en sus tiempos empezaba a descubrirse para los cristianos. Corría el año 1516 e Inglaterra había quedado fuera del reparto del océano por el patriarca de Roma, pero Moro, en ésta como en muchas otras materias un adelantado, sentaba las bases para una conciencia inglesa sobre la colonización: expropiar para su mundo el concepto de cultura -pan y vino, cerdos y caballos, arados y carretas, ciudades y libros- y sustentar el derecho de los “civilizados” a hacerse de las tierras de los “salvajes”:
“Los nuevos colonos guerrean contra quienes ofrezcan resistencia, porque tienen por justa causa de guerra que un pueblo mantenga yermo, inútil y desierto su suelo y prohiba su uso y posesión a los que, por ley natural, deben hallar en él su alimento.”
Moro no sospechaba, desde luego, lo que la realidad haría tras su muerte con el sueño comunitario de la Utopía. Inglaterra abraza la reforma Protestante, reta abiertamente las decisiones del Papa, y su Corona, con el mismo espíritu con el cual firma patentes de corso, da concesiones sobre territorios americanos. En 1606 un grupo de empresarios forma la Compañía de Virginia, para explotar los lugares que dos décadas atrás abrieron a la imaginación de la isla las correrías de Walter Raleigh.
Al llegar el invierno del segundo año, del grupo enviado por la compañía no quedan sino unos pocos, escuálidos seres que se preparan a entregar sus almas al Señor por el persistente retraso de los barcos que los avituallan. Entonces sus mortales enemigos, los indios, por obscuros designios en lugar de aniquilarlos los alimentan. En los años a continuación las tribus cercanas, imitando a los wampanoag que reciben a los Padres Peregrinos o Yankees de Nueva Inglaterra, les enseñan a distinguir los peces buenos de los malos y les descubren la carne de las “gallinas de la tierra”, con las cuales mucho después se hará un rito para recrear idílicamente el momento. Y enseguida les hacen el gran regalo:
-Estamos hambrientos, danos de comer- clamaron los que de ella habían nacido, y Madre Primera echó a llorar.
-¿Cómo puedo devolverte la sonrisa?- preguntó su hombre.
-Debes matarme.
-¡No!, ¡nunca!
-Tienes que hacerlo o estaré triste para siempre.
El joven esposo viajó hasta el fin de la tierra, en busca del único consejo. Gran Creador fue lacónico:
-Cumple sus deseos.
Envuelto en pena el hombre reanduvo el camino hasta donde ella lo esperaba para instruirlo:
-Lo harás mañana, cuando la luna esté alta. Luego dejarás que nuestros hijos me arrastren por el cabello a un hueco en la tierra y me vuelvan abajo y arriba. Esperarás a que la carne abandone mi cuerpo, tomarás mis huesos y los enterrarás en este claro.
Y sonrió. Así, cada vez luego de cada seis meses, cuando él y los hijos y los hijos de los hijos regresaran, encontrarían el calvero cubierto con las altas, verdes, florecientes matas, carne y huesos de ella, que harían olvidar el hambre y a las cuales desde entonces se les habla amorosamente. Era el maíz, la planta milagrosa capaz de acomodarse a cualquier clima y entregar “el jugo como leche de madre de sus granos” en cantidades imposibles para cualquier cereal conocido en Europa. El maíz que, como verdadera obra de los dioses, indígenas mesoamericanos habían creado, en decenas de variedades y a fuerza de miles de años, a partir de una “espiga” más pequeña que un renacuajo. Ese vegetal que, a diferencia del resto de sus semejantes, no puede crecer abandonado a sí mismo, salvaje, demandando del hombre un modesto pero inexcusable culto.
La vida de los colonos de Virginia, de los puritanos del Mayflower, de la totalidad de los europeos que se arriesguen a estas partes y las de sus hijos e hijas, dependerá de ella de ahí hasta el siglo XXI. Pero no antes de que los indios les enseñen la forma de cultivarla y aprovecharla: abrir los campos desprendiendo una franja de corteza del tronco de los árboles, a fin de que mueran sin necesidad de cortarlos, y prenderles fuego; cómo seleccionar las especies y los granos y sembrar sobre las cenizas, en temporadas distintas a las acostumbradas por los europeos con sus cereales; cómo voltear la tierra sin arruinar la planta y cómo convertir los frutos en pan en las múltiples maneras que, conservando sus nombres nativos, serán usuales por muchísimo tiempo entre los estadounidenses: hominy, nonake, succotash, samp...
Pronto los virginianos reciben además el frijol y la calabaza y empiezan a obtener de Inglaterra lo necesario y mucho más, con otro producto cultural de la tierra que las Nuevas declaran intocadas, yermas, precisamente, virginales: el tabaco.
De él, a cuyo lujo se entrega la opulenta Europa colonial; del trabajo esclavo de los “sirvientes escriturados” que llegan por vocación, por regio castigo o a través del provechoso negocio de los cazadores de pobres de Londres, de Dublín, de Glasgow;
de la venta de indios prisioneros de guerra a las Bermudas o las Bahamas; de las “piezas” del África negra que permitirán la explotación en gran escala de las plantaciones;
de las tierras tomadas a los Ponhatanes y los Delawers que habitan de la bahía de Chesapeake al Potomac;
de allí, entre la plaga de enfermedades desconocidas o adquiridas en los sórdidos veleros trasatlánticos, que en las primeras épocas acaban con más de la mitad de los emigrantes;
a punta de tesón, de sudores personales y codazos para deslindarse de la masa de pequeños propietarios que los caprichos de los precios europeos amenazan con la ruina;
enviando a estudiar a los hijos a Inglaterra, para estar siempre un paso adelante en el conocimiento de la revolución de las leyes y las costumbres, obtendrán sus propiedades y sus blasones las más señaladas familias de Virginia. Ellas crearán un linaje político que hegemonizará el primer medio siglo de vida independiente de los Estados Unidos.
Unos más y otros menos, sin duda todos los virginianos recordarán con respeto las palabras de las Nuevas, en las cuales se recoge el espíritu del derecho natural esgrimido por Moro. Un sentido de destino manifiesto que dirige la colonización y la independencia y que en los 1820 ha empezado a encontrar una última, acabada versión, durante el gobierno de un genuino, liberal, virginiano caballero: James, el de la doctrina, Monroe.
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Digo que dos cuadernos se reúnen en la viñeta. El segundo es Para morir iguales por esas familias rumbo al primer Oeste USA; O´Donnell, sus compañeros en el ejército y las naciones indias cuyo socorro salva a los colonos de Virginia y Nueva Inglaterra.

lunes, 26 de octubre de 2015

El Sostén del Cielo y sus cenizas

En 1763 el jefe Pontiac y sus médicos-profetas recibían el mensaje del Amo de la Vida y lo lanzaban al viento: los blancos no son huéspedes de un momento; han llegado para hacerse amos de todo y es preciso liquidarlos. Pero veinte años después sus palabras no habían alcanzado el nuevo reto que alrededor de las sagradas montañas cheroquies se abría a la colonización.
El de los indios de Norteamérica es un mundo. Un mundo de leyes particulares, con su par de continentes separados por el río Mississippi, y sus países a montones.
Pontiac había hablado desde la nación de los Ottawas, hacia los Grandes Lagos donde se fijaría la frontera de Canadá.
Allí donde mucho después la memoria aseguraría que el primero de los hombres debió vencer a gigantes y magos, al espíritu de la noche y a una corte de demonios, duendes, brujas y caníbales. Lo aseguraría sin saberlo a lo cierto, pues pasada la mesiánica rebelión no quedaría siquiera lo suficiente para crear una reserva y las viejas leyendas serían una confusión de estampas desdibujadas por los años y de exóticas interpretaciones blancas. De qué manera saber así, por ejemplo, cómo era en verdad Gran Conejo, su magia y los prodigios de los espesos bosques que recorría a saltos de kilómetro.
En todo caso el país de Pontiac, a pesar de su vida aldeana y sus campos de maíz, comunes al conjunto de los pueblos al Este del Mississippi, estaba a una gran distancia física y mental de las naciones cheroquies. Estos últimos hijos naturales de los Apalaches habían sido amos de los enormes territorios que caen a un lado y a otro de las montañas. Descendían de la gran cultura que cuatro siglos antes de la llegada de los europeos había florecido en los campos del sudeste: la de centros de incipiente vida urbana, con sus plazas, sus templos ceremoniales y sus residencias para las elites, en torno de los cuales se desgranaban las aldeas y las huertas irrigadas.
A diferencia de la mayoría de los pueblos de Este medio norteamericano, ellos apenas hacia mediados del siglo XVIII habían enfrentado el gran choque con los extraños. Eran extraños absolutos, no comparables ni con los nómadas del país fantasma, la Tierra de Sombras del Oeste, justo tras el sagrado Mississippi, que según una leyenda descendían de la tribu que se negó a seguir los consejos del dios fundador vuelto hombre y no conocían el cultivo de las plantas, los secretos de los cestos o el favor de las plegarias.
Los otros, cósmicos forasteros venían de más lejos todavía que el Galun´lati, el confín al cual fue expulsado Uktena, el monstruo del agua, haciendo vacilar las historias de los ancianos. Pero los cheroquies trataron con los blancos y buscaron sacar partido de la situación, vendiéndoles los derechos de una buena parte de sus campos. ¿Por qué no si a pesar de la constancia secular de su vida aldeana, de sus cultos y divisiones del trabajo, igual o mejor que cualquier otro pueblo indio se acostumbraron a los continuos e imprevisibles reacomodos de un mundo donde la vida sedentaria se ensanchaba o estrechaba de súbito y las migraciones eran un fenómeno estructural?
Cerca de los años mil ochocientos no sólo cedían las tierras de Tennesse y Kentucky y sellaban pactos con los recién llegados. Atendían a sus pastores de almas, tomaban su alfabeto para darse una lengua escrita, hacían alianzas matrimoniales con ellos y abrían espacios para la plena propiedad privada que, en unos cuantos radicales casos, permitían crear estancias trabajadas por esclavos negros.
¿Había pecado en ello? ¿Olvidarían de ese modo que todo comenzó cuando la tierra se desprendió de las cuerdas de cuero pendientes de los costados del cielo y las enormes alas de un animal salido de las aguas donde la vida se había refugiado, crearon como sin querer, del lodo, las montañas maravillosas reservadas para ellos? ¿Renunciarían al sol concebido como mujer, al consejo de los sueños, al parentesco con Abuelo Águila y Abuela Araña, al conocimiento de Hombre Pequeño, capaz de transformar a los hombres en serpientes, de mover estrellas, de atemperar la luz o los vientos?
El hecho es que menos de cien años después no pueblan ya las ricas tierras aquéllas y no viven en pacíficos asentamientos agrícolas, sino en la América Árida a un lado y otro del Bravo, la región más lóbrega del País de Sombras del Oeste, y se especializan en feroces incursiones contra los blancos.
Para entonces habían hecho el Sendero de las Lágrimas.
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En el verano de 1811 Tenkswatawa, el Profeta, anunció el resurgimiento religioso que debía permitir a los Shawnee sobrevivir en el último coto de caza que los extraños les dejaban. La experiencia y la lectura de los signos le permitían creer que evitando todo trato con ellos, en paz, el orden natural se restablecería. Entonces, William Clayton Harrison, superintendente de los territorios que debían servir de reserva a los pueblos expulsados del noreste, dando un salto en la serie gracias a la cual alcanzaría la presidencia del país, reto a la paciencia del jefe, falló y, perdidas las excusas, obligó a la tribu a presentar batalla y destruyó la aldea. Un año después Tecumseh “el majestuoso”, hermano gemelo del Profeta, acaudillando una confederación de naciones, celebraba un pacto con los ingleses, imponía el terror a los colonos y al fin fracasaba en el asalto a un fuerte.
El encargado de defender la plaza era un joven capitán, quien fue elevado al rango de comandante y descubrió de golpe la celebridad, aprendiendo, de seguro, la regla: en los Estados Unidos para un militar no había posibilidad de progresar realmente si no era a costa de los indios. Los años que siguieron lo condujeron de frontera en frontera, en tareas sin mayor brillo, sin embargo, las diarias fricciones con las tribus auguraban la proximidad del gran momento y él debió aprovechar para conocer cuanto podía de ellas y estar preparado.
A fines de los 1820 vino de una buena vez la decisión: el país era ya lo suficientemente fuerte como para librarse de la presencia de los pieles rojas. Echando a un lado títulos y derechos reconocidos por gobiernos anteriores, el que es quizá el más popular de los mandatarios norteamericanos, Andrew Jackson, inició su traslado a ese auténtico otro continente tras el Mississippi. Fue ahí que los cheroquies tan decididos a apostar por la convivencia, pasaron a la historia haciendo el Camino de las Lagrimas con los cadáveres de más de un tercio de su gente, que el hambre y el dolor iban dejando.
Aunque no fue gracias a ellos que el comandante logró el decisivo éxito que lo llevaría al primer plano de la escena nacional. Se lo debió a sus antiguos vecinos del costado norte. En concreto, a Halcón Negro, jefe de los sauks y los fox que participaron en la cruzada de Pontiac y que con los años aprendieron a conformarse con las tierras de la desembocadura del río Rock. Los colonos “invadieron sus vegas, destruyeron sus sementeras y araron sobre las tumbas de sus antepasados”. Halcón Negro había recibido la palabra, conocía de sobra el poder de los blancos y tenía fe en la cultura acumulada por su pueblo, de modo que se retiró al territorio de Missouri. Pero el cambio resultó tan súbito, el nuevo invierno tan duro, los sioux que la habitaban, tan celosos de sus espacios, y el tiempo tan breve para cumplir el justo pago requerido por la tierra, que en unos meses la miseria aplastó a las tribus. El jefe regresó buscando una de las viejas praderas para su maíz y las milicias de Illinois, en las cuales el joven Abraham Linconl mandaba una compañía, fueron en su busca y lo persiguieron hasta los desiertos de Wisconsin, dejando detrás episodios de los cuales nadie se responsabiliza, como el inútil asesinato de hombres, mujeres y niños indefensos al cruzar el río sagrado.
Porque hacía tiempo todo lo sólido de desvanecía ya en el aire.




domingo, 16 de agosto de 2015

Demasiado humano II

OHSIS, NIETOS, VAMOS DE A POCO Y ENTRE EL CUADERNO CENTRAL, QUE HABLA DE OTRAS COSAS, ¿RECUERDAN?
Mi viaje duró siete años, queda en un trabajo publicado hace mucho y en las miles de notas que hice en el camino. ¿Cómo traducirlo a una veintena de cuartillas? 
Vamos ahora a noviembre de 1517. En la bahía de Santiago de Cuba se topan dos del medio centenar de navíos que en el año cruzan el océano. Los hombres, mujeres y niños* del que llega hicieron el viaje entre las especies esparcidas por la Península, situando en estas regiones toda clase de maravillas. Para ellos la travesía no aminoró el impacto de este universo por entero otro. 
Pudieron intuirlo cuando en la alegórica nada del Atlántico, que da la impresión de no tener término ni tiempo; tanto más dilatado cuanto mayor lo vuelven los petulantes comentarios de la tripulación, a la altura del Mar de los Sargazos pareció partirse en dos: detrás el anuncio de los familiares vientos del invierno europeo; al frente "aires muy dulces, como en abril en Sevilla".
Perdonen que haga un breve paréntesis anunciándoles la travesía de Brian O ´Donnell y sus compatriotas irlandeses tres siglos después, con destino a los para nosotros hoy inexistentes Estados Unidos. Habrá ya barcos a vapor y los viajeros penaran todavía más que los llegados a Santiago en este otoño.
Hace un par de semanas los efluvios cálidos, anuncio de la viruela de archipiélagos cuyo adelanto apareció de pronto bajo la más gruesa luz que imaginarse pudieran, con sus jugosos, insolados colores de duro contraste, en medio de chaparrones o violentas tempestades.
Entonces y de ser directo el crucero, esta costa norte de Cuba, una isla de tamaños que los europeos no vieron antes. Aguas de tibio verde e increíble transparencia, a través de selvas de corales o esponjas o madréporas, fondos y restingas de “azafrán, de añil o de púrpura”, “con claridades de alabastro”, donde juegan peces y moluscos conocidos y no, “como gallos, de las más finas colores del mundo, azules, amarillos, colorados (…) y otros pintados de mil maneras”(1).
Sí, todo asombra a los andaluces, extremeños y demás que hacen la aventura. Lo hace a grados incalculables, pues aquí todo es "tan “diforme (...) como la noche al día”, en relación al Viejo Mundo, que por cierto nuestros adelantados no conocen, pues su vida transcurría en un radio de cinco kilómetros, promedio. 
Los menos pueden meter el pasmo en las novelas de caballería que enloquecerán a Don Quijote y en estos tiempos están en pleno auge. Los menos, subrayo, pues el primer libro impreso en la España recién inaugurada por los Reyes Católicos se publicó justo durante el año del primer viaje colombino, dos décadas atrás, y quitando a unos cuantos, los "españoles son analfabetas. Cierto que la costumbre es ya reunirse para escuchar las lecturas de quienes manejan el revolucionario instrumento, y aun así se tratamos con un fenómeno muy reciente. De hecho las andanzas de los fantásticos caballeros inician el camino al éxito apenas en 1508. Quien hará la gran crónica sobre la conquista de Mesoamérica, por ejemplo, se haya ya en Cuba y escribirá en aquella: "nos quedamos admirados y decíamos que parecían a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadis" de Gaula. Y será costumbre bautizar tierras americanas con escenarios o personajes caballerescos, como los que dan nombre al Amazonas. 
SIGUE





1. Las imágenes las tomamos de Alejo Carpentier y del propio Colón.   
Cinco siglos después el exotismo del Cuarto Continente es una máxima semi clandestina. Lo es al menos desde la aristotélica perspectiva que se renueva sin pausa: al sur de los trópicos la vida resulta una paradoja.
   



viernes, 7 de agosto de 2015

Demasiado humano

Al terminar busquen en mi casa el paquete con este título. Hallarán un borrador y tres libros que escribí cuando entre los cuarenta y los cuarenta y ocho años vivía con Él y el Nuevo donde T sugiere.
Abriéndolos y deteniéndose al azar sigan el paseo por nuestros cinco continentes, de Battuta a Colón, que remata con La invención de América, como Edmundo O´Gormann llamó a su trabajo.
Háganlo teniendo presente que “todos los sólidos se desvanecen en el aire”. Don Carlitos Marx y su socio no tuvieron tiempo de revisar a conciencia esas épocas y lugares. Sino, habrían observado a detalle el proceso.
Debo trabajar en serio para que este Demasiado humano no se confunda con la Crónica interminable.

E y S, nietos, nuestros cuadernos tienen problemas de orden. Este los lleva al colmo. Hay buenos motivos para iniciar en la bahía de Santiago de Cuba una mañana de noviembre de 1517. Y también para hacerlo sin fecha en la tierra donde las montañas cambian de lugar a saltos y desde un manto invisible, sobre mocasines alados, hace su aparición el Niño de Piedra, producto del guijarro que preñó a la primera mujer sioux.
No estoy seguro qué historia perseguimos. ¿La de una pasmosa revolución de los tiempos y los espacios humanos, cuyo resultado obra de diabólica manera a comienzos del siglo XXI?
¿Complicó el asunto si les pido gracias al pueblo de Brian O´Donnel, a quien a estas alturas debemos conocer por otro cuaderno, Para Morir Iguales, pues las facultades con las que su fantasía nos inviste permiten los viajes a voluntad por cualquier época y lugar de la tierra?
Juego, Ohsis nietos, como invitación a paseos extraordinarios para la Corte de Medianoche presidida por B, mi abuelo minero. 
Los coloqué a la cabeza del grupo por una foto. En ella de espaldas contemplan un mar muy al sur de los que hace medio siglo me formaron, sin nada que ver tampoco con el gris, turbulento ante el cual nació B.
No llegaron allí por casualidad. Los conducía la infancia perdida de su ma y el gran secreto. Sin saberlo eran el Ulises que busca la vuelta a casa y nada tiene que ver con el célebre poeta de la antigüedad, sino con la Grecia traicionada tres mil años después de él. Allí nació uno de sus bisabuelos maternos, a quien la memoria familiar da un romántico aire.
Al ver la foto entendí: a ustedes se les revelarán los misterios de los que estamos hechos los siempre desdeñados, para nuestro reconocimiento desde el primer día, desde el primero.
La música que escuchan aparece en otros cuadernos y ahora muestra cuán poco accidental es. 
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Vayamos entonces a un inicio distinto a los planeados: las columnas de Hércules o de Melkart, si quieren, en 1325. Más bien, a un centenar de kilómetros al oriente de ellas, pues nuestro guía, Ibn Battuta, abandonó hace días la ciudad erigida frente a aquél brutal encuentro del Mediterráneo y el Atlántico, en la cual nació.
Vayamos sin pretensiones de gran sabiduría y una carcajada por quienes las tienen con tan pocos méritos como nosotros. 
No conozco Argelia más que a través de una maravillosa película y las descripciones de diarios más o menos contemporáneos a la época en la cual estamos. Para ayudarme busco fotografías y redondeo la imagen de una tierra mágica. Battuta, nuestro personaje, descansa en una llanura cerca del mar, que en estos tiempos no cultiva la agricultura. Parece el eco del desierto del Sahara, muchos kilómetros a sus espaldas. En las fotos la tierra es rojiza y le crece una rala hierba. Por aquí las caravanas pasean hace cuatro mil años quizás. Las dirigen los bereberes seminómadas, cuyos rostros en las estampas de mi computadora muestran como seres salidos de un cuento. Visten túnicas muy bellas en su sencillez, y se cubren la cabeza y parte del rostro con telas de colores vivísimos: azules, anaranjados, rojos. Sus miradas guardan secretos que les dejan innumerables generaciones transitando a veces sin encontrar a nadie en días o semanas.
De no ser noche al fondo nuestros ojos distinguirían el filo del mar, y el cielo sólo se iguala en riqueza al de los sioux del Niño de Piedra, a quien me refería antes. Sin duda como éstos, los pastores trashumantes guían más sus jornadas por el mapa de estrellas que por el ciclo solar.
El perfume de los árboles de dátiles lo conozco bien, porque a cachos pasé mi infancia cerca de ellos. Emborrachan un poco, ¿saben?, de dulcísima, penetrante manera.
Battuta cubrirá tres veces la distancia que hará famoso a Marco Polo, el paisano de Cristóbal Colón cuyo diario de viajes alimentará el descomunal apetito en quienes dirigirán la conquista del Nuevo Mundo.
Hagamos un alto, Ohsis, pues el camino es largo.
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Saltemos cuatro siglos para encontrar al costado norte del Mediterráneo a un hombre singular para su época. Se llama Miguel de Montaigne y está en el estudio donde huye de su especie, pareciera, al fondo de una rica casona. La ciudad se llama Burdeos y 
pertenece a la Aquitania francesa, en la frontera con la España vasca. Nada más sé de ella y es una pena pues la región tiene una riquísima, enigmática historia, como cualquiera, dirán ustedes, y supera la norma, según creo. Hay muchas cosas allí que servirían a nuestros intereses y debo pasar de largo. 
Montaigne crea un nuevo género literario: el ensayo. Así, Ensayos, se llama la obra que escribe cuando queremos dar con él. Uno de los trabajos que van allí contempla asombrado la expansión ultramarina europea, que en esta primera etapa se concentra en la no hace mucho conocida como América, que también llaman Indias Occidentales en memoria y continuación de los delirios de Cristobal Colón y quienes lo apadrinaron. Imaginación sin control, ésta, que nace con Marco Polo. 
Don Miguel, el francés, dice entonces unas líneas soberbias: “Nuestros ojos son más grandes que nuestros estómagos, y nuestra curiosidad mayor que nuestra capacidad de entender; creemos asirlo todo y apretamos sólo viento”.
Para él eso hacen sus congéneres en el cuarto continente que conquistan a una velocidad de vértigo. Y el vértigo, creo, es la explicación del fenómeno perseguido aquí desde la caravana berebere. Bueno, una de las explicaciones. La otra relaciona íntimamente las palabras de Montaigne con una frase de Carlos Marx: "Todo lo sólido se desvanece en el aire". 
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Tengamos cuidado, S, E y Corte de medianoche, para evitar el común pecado: perseguir una idea pasando por encima de tiempos y lugares irreductibles. 
Imposible imaginar el mundo en los ojos y en la cabeza de Ibn Battuta. La religión no se resume, a la manera en que lo hará después, a ceremonias con las cuales se cree comprar un lugar en el cielo, exorcizar las ideas de nuestros enemigos ciertos o inventados, o conseguir trabajo y amor. 
Todo, incluidos la ciencia y el pensamiento empírico, están traspasados por el supra y el inframundo, y la compañía del dios o dioses de cada cultura y las criaturas maravillosas acompañan a la gente las veinticuatro horas del día. Por lo demás, el universo se dibuja de extraños modos en la mente, de acuerdo a donde se nace.
Batutta emula a la larga corte de viajeros musulmanes que dejan registro de sus andanzas en el peregrinar a la ciudad santa, con frecuencia desviando momentáneamente la ruta.
No resisto la tentación de la ciudad cuyas murallas dejó días atrás: Tanger, puerto lindero de la fantasía. A literal tiro de piedra, la Andalucía todavía joya de la humanidad, por más que no sea ya la de un siglo antes. Y a sus pies el extraordinario espectáculo de ese Mare Nostrum precipitándose de golpe al océano, circundante mitad de la esfera hace buen rato certificada por los estudiosos, como su diario giro, sus polos, etcétera.
Misterio infinito el de esas aguas de monstruoso volumen y un exudar a tal punto denso que los rayos del sol no penetran en él, de acuerdo a un genio a punto de nacer no muy lejos de aquí: Ibn Jaldun.  
De acuerdo a este gran historiador, geógrafo, filósofo, Tánger ocupa la "primera fracción" del tercero de los siete climas de los cuales está compuesta la tierra habitada, que se agota trasponiendo el Ecuador por el calcinar de la vida a manos del sol -la existencia al sur de zonas templadas o frías sería factible, y por lo tanto, de vegetaciones, animales, seres humanos, si a los continentes no los cortara casi de inmediato el océano, África incluida. 

Después y con una estúpida soberbia reirán de estos conocimientos mientras los reciclan, según veremos. 
No sabemos cuánto la visión de Jabdun sobre el planeta circula por la cabeza de Battúta al iniciar el largo paseo. Se despide de los padres de noble cuna y ocupa el puesto privilegiado en una de las caravanas que aprovechan el primer tramo de la ruta comercial a China.
Los pastores del campo trashumante que completan sus haberes con el pago en especie o moneda por la guía y protección a los mercaderes y peregrinos, en su movilidad acortan las distancias de las tierras a las que acaba de echarse nuestro viajero, de otra forma insoportablemente lentas y trabajosas.
El diario no registra mayor cosa de esas superficies semiáridas a lo largo del norte africano. Los motivos podrían entenderse considerando que Battúta escribe al fin de la experiencia, con un sinnúmero de estampas a la espalda sobre lugares asombrosos de suyo y en particular para él y ese occidente del Islam al cual pertenece -dejen para después lo que no entiendan, nietos y Corte.
¿Influye también la monotonía aparente? La exuberancia vegetal es una obsesión para los herederos de los pueblos árabes y bereberes. Pero a sus ojos los países desérticos o de trashumancia tienen una extraordinaria dignidad histórica y religiosa.  
Los guardias-pastores de seguro intuyen que ante los citadinos la naturaleza de estos llanos y montañas enmudece. De tal modo nuestro viajero parece condenado a caminar sobre la nada y no lo hace del todo gracias al tiempo, aquí perezoso, que permite a los sentidos apropiarse de formas, colores, texturas, sonidos, perfumes. Poco a poco distingue peculiaridades en comarcas a primera vista iguales. 
Sin saberlo o confesarlo al menos, constata las divisiones de las cuales hablará Jaldún. Aprende también costumbres de sus guías y vigilantes y algo intuye del mundo dentro de ellos. Y con una y otra cosa se habitúa a los pequeños cambios, preparándose para los de mayores dimensiones. Aun así, no pocas veces adelante será presa de un asombro que enfebrece la mente y le da material con qué fantasear en el diario.
Supongamos ahora, Ohsis, que el viajero corre la aventura sobre una nave por el Mediterráneo. Desde luego, lo que mal o bien percibe en la caravana simplemente no existiría y en consecuencia no habría mediación entre Tánger y Alejandría, digamos, el puerto con el cual comienza el encanto del diario. Sin tránsito pasaría de una ciudad donde el esplendor del Islam occidental cubre el sólido sedimento fenicio, a un adelanto del Medio Oriente puro. 
(Perdonen este tipo de acotaciones que de paso presumen falsamente un prolijo conocimiento. Inicié la aventura hace mucho y duró ocho años. Lo hice aprovechando un descuido.)
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¿Damos un brinco mucha más descomunal de lo que puede calcularse, para hallarnos tres siglos después que nuestro viajero, al borde de un río cuyo nombre se perderá para la historia, conocido después como Savannah, en la costa sureste de Nortemérica? Una pila de aventureros españoles cree descubrir allí a una reina de cuento, por el séquito que la lleva en andas, y no duda un segundo. Basta el collar de perlas entregado por ella al capitán en señal de cortesía, para que a punta de mosquetes, espadas y puñales se le ordene llevarlos a la aldea, donde tras expurgar el último rincón la rabia no se detiene ante nada, ya que no hay allí ni una perla más ni huella de las piedras preciosas que el delirio despertó.
Los tipos siguen un comportamiento nacido apenas Colón encontró lo que llaman Antillas por derivación del nombre dado a una mítica isla cuya imprecisa imagen rebota en la mentalidad mediterránea desde la antigüedad y una vez residencia de las áureas Siete Ciudades de Cíbola
Sintomáticamente los asesinos del
Savannah buscan esas Siete, con la misma febril locura que sus primeros antecesores en el Nuevo Mundo. Cuanto éstos hallaban estaba tocado por un delirio fantástico que junto a sirenas como las certificadas por el propio Almirante, manifestaciones de San Miguel Arcángel en aliento suyo, y cosas así, creían ver oro y joyas a granel. Por eso bautizaron las tierras a su paso como Puerto Rico, Costa Rica, Villarica, etcétera, según comprobaremos más tarde, si tenemos tiempo, claro. 
En la segunda década de la ocupación antillana, otro puñado de conquistadores abandona Santo Domingo tras rumores de abundatísimos depósitos de oro al occidente. Según algunos estudiosos, la región, a la manera de las islas antillanas en su conjunto, es rica en seres humanos. 
Ni rastro queda de ellos tras la furia que produce asesinatos masivos. Esa mitad de la isla queda desierta en un santiamén y se repoblará más tarde con esclavos que la negritud entrega a los costos quizás más altos en la historia.  
¿Qué clase de sarcástica, dolorosa mueca se dibujaría en el rostro de Montaigne si asistiera a los eventos? Solo viento en las manos que aprietan hasta el ahogo.
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Cada pequeño aspecto que tocamos, nietos y Corte, es extraordinariamente rico en actos, símbolos, pasado a sus espaldas. 
Las mitológica isla llegó a mis oídos buscando los orígenes del pueblo tradicional irlandés, al cual pertenece Brian O´Donnell. Lo hizo gracias al fantástico viaje de San Bandrán, un monje que encontraría así el paraíso perdido, como parte del gran suceso fundacional en el ser a quien Brian y los suyos representan.  
Recordé entonces una playa semioculta que conocí en tierras de mi abuelo. San Balandrán se llama y haciendo referencia al religioso aquél parece referirse más bien a otra legendaria aventura, derivación de la primera, emprendida por obispos ibéricos cristianos que huyendo del Islam contemporáneo a Battuta y Jaldún,en una isla atlántica fundan Cíbola. 
De seguir la pista a estos relatos orales o escritos, iríamos por aquí y allá en la Antigüedad del Viejo Mundo, topando a Simbad, entre otros muchos. 
Riquísima herencia, pues, que para la conquista de América tiene ya un sólo, voraz sentido, inconcebible, por lo demás. 
 
Primeras desvanecencias 
 
El ocaso de los dioses
-Atiende al título, Belarmo, abuelo. Es el mismo de la película que vimos. 
-En música la naturaleza es siempre Mi bemol -dice un tipo y no preguntaré nadie más sobre el Anillo de los Nibelungos, como llaman a la teatralogía toda, o sobre el propio Cantar. -Amor y poder, a eso se reduce la historia.
Vaya descubrimiento. ¿Qué triunfó en Wagner? Aquí su final, con el mismo título.
-El amor -concluye arrebolado nuestro guía, por televisión, en una serie ¿para difundir conocimiento o treparse al proscenio del Burgtheater, director emérito o don Richard redivivo?
¿Y nosotros qué escogemos, nibelungos callejeros? ¿Se nos tomó en cuenta cuando decidieron por el oro del ring? ¿A quién le consultaron al menos que aquello valía vidas?
El Cantar se escribió ya muy avanzada la estratificación social. Para entonces los pueblos germanos llevaban muchos siglos rozándose con Roma, sabiendo de reyes, cortes y esas cosas. 
Su héroe, Sigfrido, ejemplifica cuanto es detestable: "Cuatrocientos portaespadas debían recibir la investidura al mismo tiempo que el joven rey; muchas hermosas jóvenes trabajaban con afán, pues querían favorecerlos y engarzaban en oro gran cantidad de piedras preciosas. Querían bordar los vestidos de los jóvenes y valerosos héroes y no les faltaba que hacer...
"Muchos ricos de la clase media y muchos nobles caballeros fueron a la catedral: los prudentes ancianos hacían bien en dirigir a los jóvenes como en otro tiempo lo habían hecho con ellos; allí gozaron de placeres sin número y de no pocas diversiones...
"En el patio de Sigemundo el torneo era tan animado que las salas y el palacio entero retemblaban. Los guerreros de gran valentía hacían un ruido formidable (...) Sirviéronse con profusión ricos manjares y vinos exquisitos, con los que dieron al olvido sus fatigas...
"La fiesta se prolongó durante siete días: Sigelinda la rica, perpetuando antiguas costumbres, distribuyó oro rojo por amor de su hijo (...) Nadie se atrevió a insultarlo nunca y desde que tomó las armas apenas si se permitió reposo aquel ilustre héroe."
Poder, riqueza, muerte. Solo eso se loaba. Abajo, hambre pertinaz, absoluta indefensión ante los "caballerosos" saqueos, y trabajo y más trabajo, claro.
Los Malditos presentes continúan a Sigfrido. El Cantar se haría hoy narcocorrido, jeje. 
Juro que no soy fundamentalista y respeto el Anillo y el Burgtheater, y al tipo de la tele por mí que le den un canal -el de La Mancha, por ejemplo (no se rían; alguien a quien conocí declaraba: En llegando la revolución desapareceremos los parques; menuda frivolidad representan). 
Como sea, el motivo del Sigfrid no tenía rival en miras: quería a la morra más guapa de cien reinos. Ni palabra había cambiado con ella. ¿Su buenura lo impresionaba? Más bien, creo, que ninguna otra significara un premio semejante. Porque, aquí entre nos, sobre las facultades amatorias de él dicese nada. A Crimilda puede intuírsela en besos y sofocos. Eso y ya, pues los cantores no se aficionaban por tales temas. ¿Hay eyaculadores precoces en la Iliada, etcétera? ¿O registro de cuánto dura un ayuntamiento promedio entre familias reales? (¿Hamlet se masturbaba, por cierto?) 
¿Al genio literario lo respeto y no a su materia? A través suyo habla una época y universales preocupaciones.
En realidad, el Cantar no inicia bien a bien hasta que aparecen los nibelungos. Entonces pasa de vulgar himno a padrotes medievales, a algo verdaderamente grande. ¿Sí? 
Culminemos mi rastrero reduccionismo: qué de raro si Hitler adoraba a Wagner y al Cantar.
Lo estoy usando nada más, anónimo cantor altomedieval -¿o fueron muchos?; aprovecho para condolernos por la tardía versión que necesariamente llegó a nosotros (no hubo tal antes, se entiende, sino muchos cantos particulares), pues de fundar una lengua iba también el asunto (y una patria a la vez, y ahí está quizá lo grave en este no-enredo) ((oh, letra, muerta viviente, debieron inventar la grabadora y no la imprenta, dígome yo) (((y ya entrados digo Gracias, don Fernando de Rojas y anexas, por traer al pueblo pinolero a escena, y ustedes, Quevedo y Manco lepantoso, como no amarlos con su picaresca))) ((((¿la modernidad empieza en Shakespeare, seguro, Monsieur Víctor Hugo?)))) (((((como simpático, pásesenme los excesos; entrado a erudito, que a secas me lapiden).
No escribo esto por diversión, ¿saben, nietos? Buscaba material para El último viaje. ¿Lo obtuve? Desde luego debía proceder azarosamente, que es lo mío.
¿Aquí se acaba esto? Esperen tantito, ¿va?, cuando estamos a una semana de que marche, ¿cierto, Inesperada, viaje final 2?
Creyendo a Épica, Wagner escribió para todos. Es tan nuestro como de quienes produjeron enormísimos crímenes de lesa humanidad o los que los imitan hoy. 
Denasnémonos: "Pocos han descrito mejor que Alexis de Tocqueville el trauma provocado por los movimientos revolucionarios que sacudieron Europa en 1848: ´La sociedad estaba partida en dos, los que no tenían nada y permanecían unidos en la envidia y los que tenían algo y permanecían unidos en el terror´ (Recuerdos de la Revolución de 1848, 1893). El año que vio nacer el Manifiesto comunista de Karl Marx fue también el de la redacción del poema La muerte de Sigfrido, germen del proyecto musical más ambicioso de la historia hasta entonces, la tetralogía El anillo del nibelungo.
"No obstante, según siguió el rastro de la leyenda en las fuentes escandinavas –como los Edda o la Saga de los volsungos–, Wagner fue descubriendo un fascinante universo pagano en el cual la tragedia de Sigfrido podría adquirir una dimensión moral completamente distinta a la que habían tenido sus dramas cristianos. En estas otras fuentes -de carácter más arcaico que el poema alemán- la genealogía de Sigfrido le emparentaba con el dios supremo Wotan (Odín), mientras la reina Brunilda adquiría los atributos mágicos de las valquirias.
"Es entonces cuando Wagner decidió ampliar su proyecto inicial, anteponiendo primero un drama acerca de la juventud de Sigfrido y, poco después, añadiendo dos precuelas más que relatarían los orígenes míticos de la tragedia. El plan de El anillo del nibelungo, trazado en 1852 durante el exilio en Zúrich, constaría de un prólogo, El oro del Rin, y tres jornadas; La walkyria, Sigfrido y El ocaso de los dioses. La composición de la partitura se extendería durante 22 años, hasta finales de 1874...
"La comparación entre el Anillo y sus fuentes originales constituye por ello la manera más fiable y sencilla de internarse en el siempre resbaladizo ámbito de la hermenéutica wagneriana, pues los añadidos y alteraciones realizados por el compositor ofrecen las pistas más sólidas acerca de su pensamiento y sus intenciones.
"Dicho análisis comparativo revela de inmediato, por ejemplo, que mientras las dos últimas jornadas se atienen en sus hechos principales a las fuentes literarias medievales, el prólogo y la primera jornada están sometidos a un proceso de recomposición más intensivo e imaginativo. Pero también vemos que Wagner desarrolla un notable esfuerzo por trabar entre sí relaciones entre las esferas heroica y mitológica que, en las fuentes originales, están débilmente establecidas. Nos centraremos en dos de ellas: el Ragnarök y el despertar de Brunilda."
Poco te debemos, pues, Cantar contaminado por los grotescos salmos de caballería andante.
¿Tolkien nos dirá algo al respecto? Sí, en su obra más conocida y en La nueva balada de los Völsungos y La nueva balada de Gudrún, cuando menos.
Adolf, pasaste a chingar a tu padre y madre. No hay secular patria germana según te susurraron al oído, y aquellos fieros guerreros jamás habrían trabajado en tus campos de exterminio. Andas al fondo por la Divina Comedia, como los Reyes Católicos y otros contemporáneos y prolegómenos suyos: el Rey Arturo, los Templarios y esa retahila entera. 

Por qué Mauro dirige la Revolución Mundial
Mauro cumple su segundo mes de vida, hace lo que le corresponde y el resto estamos atrasados. Lupita, por ejemplo, debería interpretarnos la locura Trump en Irán y es como si se estuviera a punto de entrar al Palacio de Invierno -Revolución Rusa, octubre 7, 1917, para los ígnoros- y dijera: Pérense, me echo una chela -cerveza, pues- y saco la calculadora, jeje.

 -¿Qué es eso?
-Pues un paso entre montañas en la India, abuelo. 
-No se aparece nada a este donde estamos. ¿Cogiste la foto de Internet?
-Obvio, sino me dejas traer cámara. 
-Dame aquí. ¡Kanchenjunga, Himalayas! ¡Al noreste tibetiano cuando siguiendo a Battuta se trata de entra por Afganistan, al Sur! 
-Detalles sin importancia.
-Voy matarte.
No hay modo con mi mentor, ¿ven? 
-Además, ¿no habías dicho que regresábamos a Irán 2020, para aprovechar la crisis?
-Cago en dios. 
Como Lupita incumple su tarea y tras leer sesudos desatinos de nuestros grupos mexicanos, que se ponen geopolíticos y explican todo por los yacimientos petroleros que China quiere explotar, no queda nuevamente sino Fisk para explicarnos.
No lo encuentro y mientras escucho signos de distención: ""Régimen iraní no es suicida, no quiere confrontación con Estados Unidos: Tawil", y otra pieza maestra trumpiana: Estados Unidos "está listo para estrechar su mano (de Irán), para ver por la paz". 
-Les dio frío, jeje -dice el Jechuy. 
Ni Trump ni ayatollas, gritan 4Ts en redes.
Entonces el espíritu santo, contesto provocándolos.
Mejor Ninel Conde, tercia un anarquista poco confiable, refiriendose a una desquiciante mujer del espectáculo nacional. 
-Irán no entiende que debe dejar de culpar a "los estadounidenses". Sobre Trump -pienso. -Fisk, o vienes o te mando traer con el genio de la lámpara. Bueno, dio tips el día 4: "Todos hemos dicho que en Medio Oriente es posible empezar una guerra por accidente, pero a nadie se le ocurrió que Trump se iría a la yugular de este modo...
"Trump alardea de su relación con el rey saudiárabe, quien ha hablado de cortar la cabeza a la serpiente iraní y cuyas instalaciones petroleras fueron atacadas con misiles disparados por drones el año pasado, acto del que Estados Unidos acusa a Irán. ¿O será de Israel? ¿O es sólo una decisión más tomada por el orate presidente...

"Qasem Soleimani era uno de los hombres más poderosos de Irán, aunque la Guardia Revolucionaria Al Qods, de la que era dirigente, no es el ejército de élite del que a Irán le gusta alardear.
(...)
 "...el aeropuerto internacional de Bagdad era el último lugar en el que uno esperaría ver que un dron estadunidense..."
Otra experta escribió: "...Trump inició el conflicto militar con Irán completamente solo, ya que carece de apoyo político interno, debido a la desconfianza de los demócratas hacia su gobierno, pero también sin apoyo de sus aliados internacionales como Gran Bretaña..."
-¿Dónde vas, Belarmo? -pregúntole cuando lo veo salir como alma que lleva el diablo. 
-A la huelga francesa. 
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-Fecha -dice el abuelo -que luego nos perdemos.
-Madrugada del 11, enero, 2020, año...
-¡Basta!
-Sí jefe. 
Tenemos vaga idea del proceso boliviano y Chile confío se transparente con los nuevos informes. Respecto a Argelia, nada...
-Ni Libano, Siria... 
-Palestina sufre y resiste, como siempre. A África negra no hay tiempo para ir, por ahora.
-Tampoco Asia, mira tú. ¿Y México?
-Vuelve a parecer viviendo un nuevo maderismo. Estados Unidos es gran interrogación con las últimas "locuras" trumpianas. El stablishment tradicional se diría reafirmándose, en tanto salida estabilizadora.
-¿Y Sanders, Ocacio y demás?
-Pregúntales. ¡Ay! No me osties otra vez.
-Seriedad. 
-Volvamos con Battuta... o Wolf, mejor, ¿no?
-Yo qué sé. ¡Quiero acción, no palabras!
-A andar, pues.
-¿No íbamos en camello?
-¿Por estas sierras? Bueno, el camello fue llevado de Asia...
-¡Para!
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-Esta cordillera parece el Hindukush.
-Caminos, dije.
-Saca la canoa.
-¿Cuál?
-¿No traes? Pues ahora sí la hicimos, porque en algún momento tendremos que cruzar el Tungabhadra.
-Nos pegamos a la caravana.
-Sí, tú de saco y yo con jeans.
-¡Calla!
-Esto en nuestros siglos ha de llamarse el Punyab. O Pakistan.
-"Ha de." Solo aproximaciones contigo.
-Entrada al sultanato de Dheli, según todo indica.
Pastores y todavía aquí quienes cazan en pequeños caballos mongoles.
-Tribus.
-Sí, que no hace demasiado ayudaron a construir el inmenso imperio de Gengis Khan.
-Todo tan efímero.
-Un auténtico subcontinente por donde ha cruzado casi cuanto pueda imaginarse.
-Vamos a China, no olvides.
-Aquí anduvo Alejandro Magno, no menos idiota que yo, jeje (Ni loco).
-De refilón, jeje. No entró.
-Y al Islam le tomo unas décadas extenderse para siempre.
-Cosas veredes.
-¡Carámbolas, abuelo, quijoteando, jeje...! Deja ese carrujo de dinamita, haz el favor.
Ni modo, a leer, huevones, que aquí la tarea es de todos. (No lo harán, por supuesto, pues el híper acelera y logramos detenernos sino cinco minutos, cuando mucho. Belarmo y yo nos debemos a ella y les resumimos. El texto completo de esta parte lo encontrarán al final.)
-Explícale a estos brutos, abuelo.
-Pues que si vemos el mundo en estos tiempos, encontraríamos algunas constantes geográficas. Como una "gran cadena de montañas que corre en dirección este-oeste cruzando la masa (...) euroasiática. Elevándose desde las abruptas serranías del sur y del occidente de China, la cadena asciende a las alturas del Kunlum, los Himalayas y el Pamir, ´el techo del mundo´, y llega a la Cordillera Elburz y luego al Cáucaso, a los montes Cárpatos, los Alpes, para terminar en
Estos son los Elburz, en Irán. De por allí venía Battuta ahora.
los Pirineos. En ocasiones estas montañas retardaron el contacto entre el norte y el sur; otras veces, gargantas en las cadenas alen-taron ataques y movimientos de poblaciones...
"El corredor pastoral facilitó movimientos centrífugos; las zonas arables (...) distribuyeron de manera centrípeta a la gente hacia los terrenos de su aldea. Esta dicotomía (...) conformó una parte considerable del curso de la actividad humana en el Viejo Mundo; a veces dividió a los pastores de los aldeanos, y a veces indujo su interacción.Ya.
No hace mucho de este 1334, el khan mongol Hulágu reuniendo gente, entre otra, de por donde Belarmo y su servidor van, produjo un colapso en tierras labriegas cercanas a los Elburz a nuestra vista. Colapso, dije. O sea, algo que conmueve y obliga a la transformación. 
-¿Seguimos andando, buelu?
Lee: "Al norte de la cadena euroasiática de montañas estaba la estepa, amplio corredor que partía de la estepa de Mongolia en el este, cruzaba las estepas Kirghiz y rusa y llegaba a la estepa húngara en el corazón de Europa central. Éstas fueron las rutas predilectas de los nómadas pastores." 
-Nos perderemos. 
-¿Aquí?
-Y en cualquier sitio adelante. Es emocionante, hermoso, y solo eso pueden pescar unos como nosotros. 
-¿Quieres volver?
-No, unos días más está bien, ¿te parece? Guardando silencio.   
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Wolf: "Para entender este mundo del 1400, debemos empezar con la geografía. Un mapa del Viejo Mundo revela ciertas constantes físicas, una de las cuales es la ugran cadena de montañas que corre en dirección este-oeste cru-zando la masa de tierra euroasiática. Elevándose desde las abruptas serranías del sur y del occidente de China, la cadena asciende a las alturas del Kunlum, los Himalayas y el Pamir, "el techo del mundo", y llega a la Cordillera Elburz y luego al Cáucaso, a los montes Cárpatos, los Alpes, para terminar en los Pirineos. En ocasiones estas montañas retardaron el contacto entre el norte y el sur; otras veces, gargantas en las cadenas alen-taron ataques y movimientos de poblaciones. En el norte de China, los Han tuvieron que construir su gran muralla para mantener fuera a los mongoles y a los turcomanos, y dentro a los chinos. En Turquestán los ca-minos que iban hacia el sur penetraban en Irán y la India. En el Oeste, los invasores, cruzando el Valle del Danubio, llegaban al corazón mismo de Europa. Cualquier mapa impreso en las guardas de un libro nos muestra una segunda constante, la distribución de las grandes zonas climáticas, que favorecieron diferentes vegetaciones naturales y, por consiguiente diferentes tipos de habitación humana. Este mapa nos muestra de inmediato una gran faja de terreno seco que se extiende al este y al oeste, del Sahara y los desiertos de Arabia, por la llanura de Irán, y que llega hasta Turquestán y Mongolia. Es la región de los pueblos pastores, que llevan sus rebaños por los pastos disponibles a lo largo de los linderos de los desiertos y de las estepas. Ahí el cultivo sólo cs posible alrededor de las fuentes permanentes de agua de los oasis. Al sur de esta zona seca de desiertos y estepas se hallan el bosque y la sabana tropicales y subtropicales, cargadas de humedad, que suelen ser muy apropiadas para el cultivo, como ocurre en el occidente de África, la Llanura Gangeática, las penínsulas e islas del sudeste de Asia y el sur de China. Al norte de la zona árida se extienden los bosques. Al oeste de los Montes Urales, la región boscosa es lluviosa y cuenta con una larga temporada de cultivo; por ello, al desmontada constituye un buen terreno agrícola. Al este de los Urales, el bosque es más seco y más frío; se vuelve la taiga, que es un bosque de coníferas de tiempo frío, que junto con la tundra circumpolar, sin árboles y cubierta de líquenes, es una faja que constituye el hábitat predilecto de los cazadores del bosque. Ahí se aventuran muy raramente los agricultores, en tanto que los pastores hallan difícil mantener con vida a sus animales. Al comparar la distribución de la tierra agrícola cultivable y mejorable con la del desierto y la estepa, surge en seguida un contraste significativo. La distribución de la faja seca es continua; la de la tierra cultivable cs salteada y forma islotes. El corredor pastoral facilitó movimientos centrí-fugos; las zonas arables distribuidas en porciones distribuyeron de manera centrípeta a la gente hacia los terrenos de su aldea. Esta dicotomía entre estepa y siembra conformó una parte considerable del curso de la actividad humana en el Viejo Mundo; a veces dividió a los pastores de los aldeanos, y a veces indujo su interacción. En la porción noroccidental de África la zona de cultivo está circunscrita principalmente a la vertiente mediterránea al norte del Atlas, en tanto que al sur y al oriente está limitada por estepas y desiertos. En el Valle Sus y en el Rharb de Marruecos, en las llanuras de Shclif y Mitidja en Argelia y en la llanura Medjerda de Túnez se cultiva el trigo, que fue importante para sostener a las cortes y élites locales. Al este de Túnez se encuentra el oasis de Trípoli y más allá está Egipto, el gran oasis formado por el Nilo. Sus granos alimentaron a Roma durante los días del Imperio romano, y de ahí en adelante desempeñó la misma función para Bizancio, para los árabes de Damasco, y después de 1453 para los otomanos. Bizancio y el Imperio otomano dependieron cada vez más de las tierras del bajo Danubio y de los litorales del Mar Negro en cuanto a su abasto de granos. (Véase mapa en la guarda final del libro.) Pequeños islotes de cultivo se abrieron en las laderas escalonadas de Palestina; hubo también grandes oasis agrícolas en Antioquía y Damasco. La estepa siria, cultivada en tiempo de los romanos y nuevamente en el siglo xx, ecológicamente es marginal y durante mucho tiempo estuvo abandonada a la ocupación de los nómadas pastores. En Anatolia la agricultura es posible a lo largo de las playas del Mediterráneo y del Mar Negro y en algunas parcelas de la meseta montañosa, pero el resto es estepa y hacia el sureste reaparece el desierto. Irak, la tierra entre el Tigris y el Éufrates, fue enormemente productiva en otro tiempo. Sus sobrantes de pro-ducción, debidos en parte a obras hidráulicas, fueron la base de diversos Estados desde los tiempos acadianos; la construcción de obras hidráulicas de toda especie llegó ahí a su máximo bajo la dinastía sasánida de Irán (226-637 d.c.). Pero con la conquista islámica y el concomitante crecimiento de Bagdad, que llegó a ser una capital de más de 300 000 habitantes, la riqueza agrícola y los recursos humanos se sacrificaron cada vez más a la ciudad, lo cual a su vez llevó a una disminución en el rendimiento agrícola y a una reducción constante en el monto del tributo obtenido (Adanes, 1965: 84 ss.). Un golpe final a la productividad fue la invasión de los mongoles a mediados del siglo >un pues el khan mongol Hulágu destruyó las obras de riego del valle inferior. Más allá de la cadena montañosa de Zagros se encuentra la meseta iraní, que en su mayor parte es desierto y estepa, aunque hay cultivos en puntos aislados a lo largo de una faja de abanicos aluviales que se extienden alre-dedor del borde interno de la cadena montañosa. A veces se ha llevado el cultivo a la región más seca por medio de túneles subterráneos (qanats), que por gravedad llevan agua a lo largo de la capa freática a campos lejanos. La aridez y el desierto restringen el cultivo en Afganistán y Baluehistan, situados al oriente. A pesar del predominio de desiertos y estepas hostiles en toda esta región, una cadena de oasis urbanizados basados en la agricultura de riego propor-cionaba paradas de descanso y estaciones de abastecimiento a las caravanas que iban al este o al oeste. La más importante ruta de estas caravanas fue cl Camino de la Seda, que empezaba en Antioquía en el norte de Siria, cruzaba Rai (cerca de Teherán), luego atravesaba Meru y Balj (Bactras) y llegaba a Kashgar_ Ahí se bifurcaba y tomaba la dirección norte o sur del Desierto de Taklamakan (sur de Gobi). La senda septentrional llevaba a Kucha y Karashahr, y la meridional a Yarkand y Khotan. Ambas sendas volvían a juntarse en Tunhwang en el Kan-su chino, desde donde se internaban en China. Kashgar, que Marco Polo ensalzó por sus jardines y viñedos, era un centro importante de comercio de larga distancia, habitado, según palabras de Marco Polo, por gente "que viaja y comercia en todo el mundo". De Kashgar salía otro camino hacia el norte, hacia Samarcanda, y de ahí seguía a Sarai en el bajo Volga, desde donde era fácil llegar a los mares de Azof y Negro. A todo lo largo de la escarpa septentrional de la gran cadena eurasiática de montañas había también bolsones de tierra arable que podía cultivarse si se mantenía alejados a los pastores que consumían tanta agua y pastos. Así pues, una cadena de regiones cultivadas muy separadas entre sí formaba un gran arco que partiendo de los Montes Atlas de Marruecos llegaba a Kan-su, en las puer-tas mismas de China. Las regiones agrícolas estaban conectadas por rutas de tráfico y comercio. Esta gran cadena se unificó, política y religiosamente, sólo una vez en la historia, cuando los ejércitos del Islam se abrieron en abanico al este y al oeste partiendo de la Península Arábiga en el curso de los siglos VII y VIII de nuestra era. Después, se rompieron los eslabones de la cadena y nunca más volvieron a unirse. La separación política se exa-cerbó aún más a causa del sectarismo religioso, pues cada clase de segmen-tación reforzaba a las demás. Una segmentación aún mayor debilitó muchos de los eslabones de la larga cadena. Regiones agrícolas separadas dieron lugar a entidades políti-cas separadas, que internamente estaban limitadas por los recursos a su alcance, y también expuestas a las incursiones y saqueos provenientes de más allá de sus fronteras desguarnecidas. A esta estructura geopolítica tan suelta, la mantuvieron unida conexiones de comercio y de fe religiosa, que trascendieron las limitaciones de cada componente aislado y que pudieron en ocasiones sumar recursos en una escala más amplia; sin embargo, como carecían de una fuerza política unificada que las defendiera, estas asocia-ciones estuvieron expuestas a constantes interferencias y rupturas. Al norte de la cadena euroasiática de montañas estaba la estepa, amplio corredor que partía de la estepa de Mongolia en el este, cruzaba las estepas Kirghiz y rusa y llegaba a la estepa húngara en el corazón de Europa central. Éstas fueron las rutas predilectas de los nómadas pastores. La conversión de la pradera del sur de Rusia en tierra de cultivo permanente tuvo que esperar la derrota de los pastores y sus khanes por los rusos en el siglo xvn. Más allá de la pradera rusa, hacia el oeste, se encuentra la península europea que es una zona de bosques templados que se pueden desmontar y cultivar. Sin embargo, el desarrollo de esta península más allá del Medi-terráneo romano, fue muy lento. Rodeada casi por completo de agua —el Mar Báltico, el Mar del Norte, el Atlántico y el Mediterráneo—, esta vecindad del agua podría convertirse en una gran ventaja pero sólo si los litorales se defendían contra merodeadores provenientes del norte y del sur. Esta tarea no se pudo realizar por completo sino hasta el siglo tx de nuestra era. Al mismo tiempo el despejo de los bosques europeos tardó milenios. No fue sino hasta el año 1000 cuando el equilibrio entre bosques y tierra de cultivo se inclinó en favor de los labriegos. Entonces se desarrolló el cultivo seguro en tierras apropiadas defendibles militarmente, situadas entre el bosque y el mar, con frecuencia donde algún río importante proporcionalmente en las regiones de Bihar y Bengala. Ahí, el arroz era la cosecha principal, que se cultivaba con riego suplementario cuando la precipitación anual era de sólo 100 a 200 cm, y cuando las lluvias eran muy copiosas (más de 200 cm) defendían sus cultivos con represas y diques. El avance de la agricultura de riego en el este y sur de Asia desplazó a las poblaciones que empleaban sistemas de cultivo menos intensivos. En la India, los cultivadores intensivos hacían presión contra las tribus que practicaban la agricultura de tumba-roza-y-quema, como eran los mundas y los oraoncs de Bihar. En China el pueblo han asumió su identidad histórica conforme se desarrollaba su economía política basada en el riego, cosa que ocurrió después del 700 a.c. Al sur de ellos estaban los "bárbaros" no-hanes que hablaban mong (miao), yu mien (yao) y tal. Conforme los kanes avanzaban par eI río Yang-Tse hacia territorio "bárbaro", incorpo-raban algunos grupos que tenían similitudes agrícolas y políticas con ellos, al mismo tiempo que rechazaban a los cultivadores de tumba-roza-y-quema a regiones más montañosas o inhóspitas. En otras partes los cultivadores migratorios se retiraban para proteger sus sociedades fundadas cn la familia, de las presiones debidas a exacciones políticas y económicas. El resultado de esto fue que las poblaciones restantes de minorías no-hanes han existidq en las montañas del suroeste de China y en las vecinas Birmania, Tailandia, Laos y Vietnam desde los siglos mi y xm. Estos mis-mos procesos se repitieron en menor escala en las tierras bajas cuando sc desarrollaron núcleos de agricultura de riego, en tanto que los habitantes de las colinas recurrían al cultivo de tumba-roza-y-quema en las inaccesibles y montañosas tierras del interior".
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